15 mayo 2011

G. de Gertrudis


Ella se llama Gertrudis como su abuela. Su hija se llama Libertad como nadie antes en su familia. Su padre estuvo a punto de llamarla Violeta, como las flores o el color. La conocí por el tema de Biblioteca Viviente y en una cerveza empezamos a hablar como hablan las amigas, sin secretos y con lágrimas. Me contó historias tristes e historias de fantasmas, le conté lo que solía contar antes de que fuera peligroso o impropio compartir alegremente mi vida.
Lo cierto es que no pensé en los libros-persona hasta que me llamó Abdelhadi, el Imam de mirada serena que hizo varias excepciones a la regla coránica para saludarme propiamente con dos besos. Recordé que aquella Biblioteca fue especial, no por los lectores ni por el éxito del proyecto, sino porque se juntaron en un mismo lugar energías profundas de personas distintas. Gertrudis era una de esas personas y cuando me llamó Abdel pensé en ella.
Ahora está en el Huerto de la Rueda, en el campamento de Cruz Roja. Ha perdido su casa. Una no sabe muy bien qué hacer con esta información, así que dejo que termine mi día en la playa y luego vuelvo. La ciudad es un lugar inhóspito. Hay un claro código de colores: rojo ni te acerques, amarillo entra pero sal corriendo y verde puedes vivir (aunque sin gas e incluso sin agua). Son grafitis hechos con prisa, a veces sólo un punto, un solo punto que indica que te has quedado sin techo, sin sofá, sin libros, sin ordenador, sin cocina, sin cuarto de baño, sin todo aquello en lo que ni siquiera piensas. Son esos puntos de colores los que me hacen llorar. Nada había conseguido hacerlo hasta ahora; permanecí serena o fría (una de esas dos cosas) la noche del terremoto. Después permanecí alejada de cualquier grieta, de cualquier destrozo, de cualquier atisbo de desastre.
Primero decidimos ayudar como voluntarias a J. para hacer bocadillos, pero decidimos también que lo primero es ir al Huerto de la Rueda y ver por nuestros ojos lo que está sucediendo --después de verlo abandonaremos nuestra primera idea de hacer bocadillos--.
Llamamos a Gertrudis. Ella es mediadora social, así que nos explica perfectamente el panorama. ¿Qué necesitas? Una casa. Es obvio. Tiene una madre con mil y una enfermedades, dos hijas asmáticas, un hijo de tres años con principio de pulmonía. Viven ocho personas en una especie de tienda para la playa, con las paredes pegadas con velcro y sin suelo. El primer día ni siquiera tenían mantas.
Cuando entras al campamento ves unas grandes tiendas con literas del Ejército y de la Cruz Roja. Parece que todos están bien, protegidos, alimentados y a salvo, pero cuando hablamos con Gertrudis resulta que cuando empezaron a poner las tiendas no lo anunciaron por megafonía y el primero que llegó se quedó y los demás tuvieron que ponerse en lista de espera. Ahora en el campamento hay también ciudadanos de primera (con tienda y derecho a un neceser de aseo) y de segunda (sin tienda y sin derecho a casi nada). Es curioso y triste ver cómo la sociedad rápidamente adquiere sus jerarquías. Dice Gertrudis que tenían que haber priorizado a los niños y ancianos en las tiendas. Supongo que es difícil organizar algo de esta magnitud, imagino que lo están haciendo lo mejor que pueden, pero me gustaría sentir que mi amiga tiene lo básico. Por el momento le metemos un billete pequeño en el bolsillo que ella intenta rechazar pero que luego acepta con vergüenza. Le decimos que no es caridad sino cariño, que ella haría lo mismo por nosotras y que es sólo para que tenga algo de cash en el caso de que necesitara algo. Una se siente más insegura si no hay monedas sonando en el pantalón.
Vamos a por algo de ropa vieja, compramos cepillos de dientes, gel, agua, una bolsa térmica con hielo y algo de fruta. Parece que el campamento es muy difícil conseguir agua. Hay grandísimas colas y hasta ahora no había ningún control, así que había gente que se ponía varias veces a la cola y luego no llegaba para los otros. Ahora que las cámaras se han ido hay mucha menos comida y se están poniendo serios. Tienes que llevar el DNI y para los niños el Libro de Familia, así que, amigos, si os pilla un terremoto en casa olvidad lo de salir corriendo y buscad afanosos el libro de familia por si tenéis que presentarlo a la Cruz Roja para que den algo de comer a vuestros hijos.
Vemos que hay tres bonitas carpas de Mapfre en la Alameda. No hay demasiada gente. Le decimos a Gertrudis que vaya allí y le dan una batamanta (anunciada en tv). También hay cuatro chicas que se ofrecen a dar atención psicológica. Ella va a llevar allí mañana a los niños. El pequeño no puede dormir por las noches. Se tapa la casa. Habla del temblor. El otro vio a una mujer sepultada bajo los escombros delante de sus ojos. De las niñas una no reaccionó, la otra la cogió del brazo y la alejó corriendo de los edificios que arrojaban su trozos a la acera. Lo peor son los niños, su miedo, su incapacidad para entender o al menos hacer como que entienden algo tan enorme.
Cuando llegamos lo que más nos agradece es el gel y el champú. Al fin se podrá dar una ducha de verdad y podemos ver que eso la hace feliz. Empezamos a sentirnos mejor. Ayudar a los otros es un acto egoísta, pero reconfortante en todo caso.
Volvemos a casa y vamos después a comprarle un hervidor de agua (lleva días sin comer nada caliente, nos dijo que quería darles a los niños algo caliente, aunque fuera sólo agua. Aga (persona práctica y resolutiva donde las haya) dijo que si había enchufe. Cuando vio que sí propuso lo del hervidor y a todos nos pareció una buena idea. No es algo caro y es algo que realmente marca la diferencia, que hace que puedan desayunar caliente, tomar café, infusiones e incluso sopa. Con el hervidor compramos alguna taza de plástico, un bol, un taper, tenedores y tres bragas para que las chicas al menos tengan una muda y puedan ponerse unas mientras lavan las otras.
Luego vamos al supermercado y compramos legumbres y pollo para hacerlo con arroz y llevárselo para cenar. También compramos infusiones, café y azúcar. Añado al paquete algunas cosas que tenía por casa, un par de cuentos, un peluche, más ropa, lápices y un bloc para los niños, una cantimplora. Tomamos pizza y un té con menta. Preparo la mesa como en una tarde tranquila, con velas, incienso y música relajante. Luego preparamos la cena. Parecía que la casa estaba bien, pero el gas no funciona. Tenemos que improvisar un pollo con verduras y cerveza al horno. Las chicas se dan una ducha rápida. Me alegro de que estemos juntas, la verdad es que hemos hecho muchas cosas en un solo día, aunque tengo ganas de pasar tiempo sola, de pasear, de volver a quien soy. Le llevamos la comida. Nos pasamos el camino hablando de perfumes, de cosas lujosas y con buen olor. Aga Flower de Kenzo, Katia Chance de Chanel, yo Princess de Vera Wang, todas tenemos nuestra carta a los reyes bien escritas aunque creo que sabemos que vamos a necesitar el dinero para salir adelante y para que los que nos rodean también salgan. Cuando llegamos Gertrudis huele muy bien. Está muy contenta, dice que le cambió el ánimo poder ducharse enjabonándose el cuerpo y el pelo.
Un ladrón intentó robarle el champú metiendo la mano por la tienda. Aquí funciona el "sálvese quien pueda", supongo que como en todos los lados. Gertrudis dice que siente que si le roban el champú es capaz de matar, que no nos podemos imaginar la diferencia que supone. Basta verle la cara para hacerse una idea de esta diferencia. Hay gente desesperada, y una persona bastante más inteligente que yo escribió una vez que no hay que confiar nunca en la gente desesperada. Le digo a Gertrudis que tenga cuidado con las cosas, ahora es una ciudadana con privilegios, con comida caliente, champú y hervidor de agua. Más allá del campamento nada existe (me sorprendió que no supieran que estaban repartiendo comida y ayuda psicológica a 5 minutos a pie, pero supongo que un lugar así se separa de alguna manera del mundo exterior y sigue sus propias normas y rutinas, aunque no tenga ni rejas ni alambrada).
Las chicas habían metido el paquete algo dulce típico de su país, bombones y chocolate. También metimos algo de muesli con chocolate para los niños. Gertrudis hace bromas con el chocolate, dice que se lo comerá a escondidas cuando todos duerman. Katia también les da cigarros rusos. Ahora los suvenirs se convierten en ayuda.
Hablamos del campamento, de cómo ha cambiado tras los primeros momentos de euforia y reparto alegre (y, por qué no decirlo, irracional) de la comida. Ahora todo son problemas, tener el DNI, hacer una cartilla, llevar el Libro de Familia, dormir en una de las Tiendas de los que primero llegaron a apuntarse. Muchos consulados fueron allí a repatriar inmigrantes, así que ahora en el campamento hay menos gente. Casi todos los que hay son inmigrantes, gente sin conocidos ni casas fuera de Lorca. El padre de Gertrudis nos cuenta historias familiares. Al final Aga decide que es hora de marcharse. Se lo agradezco, yo me hubiera quedado más, pero tiene razón, es mejor irse, descansar, ayudar puntualmente, no caer hasta el fondo en la desgracia o luego nosotras somos las que necesitaremos ayuda. Prometen una gran fiesta gitana cuando tengan por fin una de las casas que prometió el Alcalde, su pequeño Eldorado particular para poder dormir por las noches y levantarse por las mañanas.
Vuelvo a casa cansada. Prefiero compartir la mayor parte del camino con las chicas. Veo a los desesperados. Están por todas partes. La catástrofe ha dejado desesperados deambulando por las calles. Intento llegar pronto a casa, silbando y repitiendo: nunca confíes en los desesperados, nunca confíes en los desesperados. Esta ciudad ya no es un lugar seguro para nadie.

2 huellas:

Rosario Hdez. Catalán dijo...

como dice Henrique, tras esto, ya nos saques una cabeza... qué mas te puedo decir, hija mía, nos vemos este finde...o el siguiente

Ramón Herar dijo...

Mucho ánimo desde la lejanía. Un fuerte abrazo