Poco a poco volvemos a la normalidad. La ciudad se separa en dos, los refugiados y los habitantes, el recinto cada vez tiene más vigilancia. Cuando el barco se hunde las ratas lo abandonan, pero los piojos llegan. Personas que vienen aquí a por comida gratis, que roban a los que tienen al lado, que mienten o al menos no dicen toda la verdad. El Huerto de la Rueda es una cárcel, un recinto con sus propias normas, sus jerarquías, sus códigos. Aún no he visto a los niños de Gertrudis. No sé si es por casualidad o porque en realidad no están allí. Ya no sé a quién creer. Hay cosas que me dice que me suenan raras. Le ofrecen una casa en Calabardina. Dice que su marido no puede llegar a trabajar desde allí. Prefiere quedarse bajo un plástico con toda su familia. Lo malo de ser una víctima es que empiezas a pensar como víctima, y este pensamiento no beneficia a nadie (y menos a uno mismo).
Vuelvo a la oficina. Llegan los leonardo. Nos reunimos, decidimos qué hacer. Corrado no quiere sentirse involucrado en el seísmo, quiere seguir su plan como si nada hubiera ocurrido. Digo que me parece muy bien, pero no es cierto del todo. Miles de vidas han cambiado. Aunque igual es bueno que algunas pocas vidas sigan igual. Supongo que a él le llegará su propio terremoto en otro momento, cuando a la vida le parezca bien.
Los niños tienen miedo. La gente está asustada. Los padres aprovechan para meterse en la casa que le habían dejado a los hijos para mangonear. Aún no sabemos muy bien qué funciona y qué no. Lo iremos descubriendo poco a poco.
El nombre de la ciudad resuena en los informativos. Empiezo a conocer a mis vecinos porque los veo en la tele. Hay que tener cuidado. Puede resultar adictivo ser el centro de todas las miradas; ver tu edificio y tu panadería en el telediario. Es el placer de las víctimas, el placer que hay que evitar a toda costa.
1 huellas:
El "ya no sé a quién creer" es quizá lo más firme que queda ahora en esta ciudad. Agarrarse a él siempre es una opción.
Besos,
M.
Publicar un comentario en la entrada