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Kindle


Vosotros no lo entendéis, porque para vosotros los libros nunca fueron un problema. Vuestros hogares no estaban forrados con estanterías metálicas que contenían dos o tres filas de novelas, colecciones, enciclopedias, poemarios, ensayos, libros de texto, guías de salud y manuales de autoayuda. No podéis entenderlo porque los libros estaban fuera de casa, como pequeños objetos de deseo, como joyas a las que ir accediendo poco a poco. No llegaríais a comprenderlo nunca, porque para vosotros es un sacrilegio deshacerse de libros, venderlos, tirarlos a la basura, pintarlos, romperlos, destruirlos. Por eso no os voy a pedir que lo entendáis, que entendáis el peso de todos esos libros, la culpabilidad avant la lètre porque sabía que nunca tendría tiempo de leerlos todos, que era una tarea que iba a ocupar más vidas que la mía, lo titánico de la tarea de pasar cada una de las páginas, pues sabía que una página era bien poco comparado con la cantidad de hojas impresas que había dentro de la casa.
Por eso siempre había algo de dolor en el deleite de releer poemas, algo de peso en la ligereza de las novelas de verano, algo de ignorancia en las letras de los sabios.
Me ha pasado alguna vez que he encontrado en casa los libros que previamente había comprado. Incluso los he encontrado repetidos dos veces. El placer de adquirir el libro que miraste en Paradiso una y otra vez, que pagaste con tu dinero, que te fuiste a leer inmediatamente al banco de la playa... todo ese placer se cubría con el velo gris de los actos inútiles, con la vulgaridad de la repetición. No tenías derecho a buscar una edición bonita si el libro ya formaba parte de alguna de las colecciones. Lo hacías igual, pero lo hacías sin derecho, y eso iba restando legitimidad a la propia existencia.
La obligación era leerse todos los libros que había en casa antes de adquirir uno nuevo. No era una obligación escrita, pero era una ley tácita, algo que te hace sentir mal si rompes o violas. Era la misma obligación (esta vez explícita) de no apuntarse a un videoclub antes de ver todas las cintas grabadas de la casa.
Por eso la sensación de tener el kindle en las manos resultó muy parecida a aquella vez en que mamá por fin me dejó ir al videoclub y alquilé La muerte os sienta tan bien, una película sin importancia que, sin embargo, soy capaz de recordar escena por escena (tal era mi emoción al poder ver por fin una película que no había sido seleccionada por sus estrellas, y grabada en versión original con subtítulos, y vista por mi hermana y por mí una tarde de decisión y voluntad). Es la belleza de lo invisible, de lo no físico, de lo que está desapareciendo en el mismo instante en que lo lees o lo ves. Es el placer de la no posesión, de la posibilidad de que un virus o una ley mundial acabe con todas tus pertenencias.

La lectura en el kindle no es ostentosa. Es raro que me guste, porque yo siempre he sido ostentosa en mis lecturas. He ido a lugares públicos con el libro en la mano sólo para ser la chica que lee bajo un árbol. He subido la portada en el metro para que el chico de enfrente pudiera admirar mi buen gusto o al menos se quedara intrigado con lo extraordinario de mi elección; he reído y subrayado en cafeterías, en los inicios de las clases, en las bibliotecas. Ahora en cambio guardo secretos. Ahora sostengo en mi mano un objeto siempre idéntico a sí mismo, sin portada, sin diseño, sin originalidad, sin ostentación. El secreto permite ciertas libertades, pero sobre todo permite conocer los verdaderos motivos de la lectura.

Seguiré, por supuesto, leyendo libros físicos, atesorándolos, colocándolos en mis estanterías, pues los habitantes de Babel debemos cierta fidelidad a las tradiciones. Seguiré mostrando portadas a los chicos que pasen frente a mí en los espacios públicos, pero he descubierto un nuevo placer, más ligero, menos culpable, más secreto, más efímero.

Comentarios

Yodico ha dicho que…
Yo también he descubierto ese placer: me permite leer libros que son difíciles de encontrar, me permite cargar con montones de títulos sin maletas ni marcadores; sin la vulnerabilidad del papel (aunque existan otras vulnerabilidades y otras dependencias, como la batería); y permite a quienes van teniendo limitaciones visuales acceder a un mundo donde las letras se hacen grandes con una poción de ensueño. Hay lugar en el mundo para el papel y el lector (esa lectora electrónica, que nos acuna hasta que cerramos suavemente su tapa).

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