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La calle Manso


Casi toda mi vida la pasé en la calle Manso, una calle discreta del Barrio la Arena de Gijón. La calle desemboca por un lado en la playa y por el otro en el parque, así que cabría inferir que es una calle hermosa, ya fuera esa hermosura alegre o melancólica. Sin embargo la calle Manso vive de espaldas a las dos cosas, tanto a la playa como al parque, encerrada en sí misma y con su centro de placitas pequeñas y desembocadura en un videoclub. Aunque sea recta, la calle Manso tiene forma de embudo, pues camines hacia donde camines siempre acabas en el escaparate de ese videoclub, como si fuera la única salida. Tiene la calle Manso lugares claros, como el Telepizza de la esquina y la escalera de escalones anchos que subía de pequeña a toda prisa para poder bajarla a un escalón por salto (creo que me empecé a hacer mayor en el momento en que ya no me hacía gracia este juego, tal vez por que mi cuerpo ya no tenía la medida de los escalones o porque era en realidad una pérdida de tiempo, un juego que interrumpía el camino hacia otro lugar y poco a poco se fue imponiendo la importancia de los destinos).

La calle Manso también tiene lugares oscuros. Casi diría que sobre todo tiene lugares oscuros: el pub Spitting, que tenía el mismo número de mi portal y que fue durante algunos años el templo de los hinchas del Sporting, hecho que se debe por un lado a la cercanía del pub al estadio y por otro a la similitud entre las palabras “Sporting” y “Spitting”. El Spiting tenía máscaras de goma en el escaparate y siempre fue la referencia que daba para decir dónde vivía, hasta que desapareció y empecé a vivir “en frente del telepizza”. Siempre quise entrar en el Spitting, era un lugar emblemático, lleno de vida y de jóvenes gritando por la victoria de su equipo, pero sólo conseguí entrar cuando ya se había convertido en una taberna irlandesa y cuando ya no gritaba nadie porque el Sporting había bajado a segunda.

Frente a mi casa, junto al telepizza pusieron un gimnasio, un lugar que tenía el aspecto de haber sido moderno en otra época desde el mismo día en que lo inauguraron, y que me producía cierto rechazo. Recuerdo que entré una vez, pero recuerdo también que me prometí no volver a entrar. Junto a él estaba la peluquería cuyo peluquero rescató a mi gata la primera vez que se escapó (la segunda vez ya no la buscó nadie) y que me cortó el pelo un par de veces sin demasiado estilo pero con suma delicadeza; y al lado la tienda de golosinas que descubrí con mi prima una vez que vino a visitarme y que desde entonces ya para siempre estuvo ligada a ella, a los grandes planes que hacíamos juntas, a cuando decidimos comprar una bolsa de gominolas y comérnosla entera lo mismo que habíamos decidido otros años, como quien hace una promesa sagrada, ver “la loba herida”, comer medio kilo de helado cada una, leer una novela rosa o vivir juntas cuando fuéramos mayores en una casa con muchos perros. Para mí esas promesas eran un triunfo de la voluntad, una voluntad infantil, ñoña, desafiante, una voluntad que me ha rescatado de hacerme vieja demasiado pronto.

La tienda de golosinas desapareció y luego pusieron una tienda de ropa gótica, pero creo que también habrá desaparecido, pues una tienda de ropa gótica no le pega a la calle Manso, una calle a la que los adolescentes sólo van a emborracharse (de todos es sabido que a nadie le gusta comprar ropa en la misma calle donde se emborracha).

En la esquina de la manzana está la tienda de fotos. Siempre me trataron bien en la tienda de fotos, la chica rubia se sabía mi nombre y me hacían las fotos de carnet después de que dejara de hacérmelas en la tienda de la madre del que años más tarde sería novio mío. En la tienda de fotos me ocurrieron dos hechos fascinantes: el primero de ellos es que un día me tocó en un sorteo una televisión. Es un hecho bastante vulgar, pero no deja de resultar curioso. Me tocó una tele que se quedó en casa sin hacer nada, porque mamá no permitía que viéramos la tele en ningún lugar que no fuera el salón (creo que fue una sabia decisión por su parte, aunque nos hizo desarrollar una sacralización del aparato y unas sesiones largas y secretas de perfecta comunión con series y seriales). El otro hecho fue más insólito: a la vuelta de un viaje de estudios (a París y Londres, si no recuerdo mal) fui a revelar las fotos a la tienda de siempre. Cuando las fui a recoger y las revisé había una foto que no pertenecía ni al carrete, ni al viaje, ni a mí misma. Era una foto de grupo con gente desconocida. Faltaba sin embargo la foto de una momia que hice en el British Museum, una foto bastante cripi pero tocada por la fuerza de lo incomprensible, que hizo que una madre pegara un grito cuando fue a mirar las fotos de su hijo. “¡Un muerto!” gritó. Por aquel entonces no le prestaba mucha atención a los símbolos, a los objetos sagrados ni a los mensajes ocultos, pero ese hecho quedó grabado en mi memoria como un agujero en algún lugar de la historia privada de las cosas.

La siguiente manzana la podemos resumir en dos lugares: La autoescuela y el Terra, uno enfrente del otro. La autoescuela era el verdadero rito de paso, la visita obligada, el portal que había que cruzar para salir de la calle Manso, y lo crucé, y me costó hacerlo, y ahora cuando paso por enfrente siempre cruzo la calle para no recordar quién fui, ni lo que quería ser, ni el momento en que dediqué mi vida en exclusiva a sacar el carnet de conducir, como si fuera una actividad que te puede ocupar el cien por cien de tu tiempo y energía. También cruzo la calle para no tener que saludar y sonreír, porque no siempre me apetece saludar y mucho menos sonreír. Cuando una vive mucho tiempo en un lugar este lugar se va llenando de puntos oscuros, de lugares por los que no quieres pasar, de gente con la que no te quieres cruzar y evitas a toda costa, de esquinas que te traen malos recuerdos. Me gusta vivir en lugares nuevos por eso, por la libertad de pasear por todas y cada una de sus calles, por la ausencia de historia en los comercios, por la falta de conocidos que te preguntan que si coges el coche o que si te has cortado el pelo.

La calle Manso está tan cargada que pensaba que este post lo iba a ventilar en dos párrafos y ahora sin embargo me estoy planteando cortarlo en varias entregas para que no os canséis de leer a la mitad o para que no os parezca desproporcionado con el resto (probablemente no lo haré. Hay historias que requieren esfuerzo).

El Terra es otro bar. Antes se llamaba de otro modo y era más famoso, pero yo no lo recuerdo porque, al igual que me pasaba con el Spiting, era demasiado pequeña para entrar. El Terra estaba casi siempre vacío y ponían música hortera y tonta, pero tenía un billar y esa era razón suficiente para pasar ahí las tardes. Jugué al billar unas cuantas veces en el Terra. Sola, con G, con A, con mi tío y su extraña novia... pero la vez que recuerdo más fue cuando vino mi amigo vasco a visitarme y fuimos a jugar al billar al Terra. Les dio tal paliza a los chicos que nos habían retado que me dio vergüenza ganar por primera y única vez en mi vida. Metió todas nuestras bolas y después metió todas sus bolas, de tal manera que aquel billar me pareció el que más bolas tenía de todos en cuantos he jugado. Las metía con violencia, con precisión, sabiéndose mejor que todos nosotros. Creo recordar que tiraba con la izquierda a pesar de que era diestro, pero esto puede ser una invención de mi memoria, que ha agrandado el hecho hasta lo fílmico.

Volví al Terra a jugar al billar, pero no volvió a ser lo mismo. Aún la mesa temblaba con la victoria aplastante, con la paliza que recibieron aquellos pobres chicos. Fue entonces cuando me di cuenta de que saber ganar también tiene consecuencias y que si yo había ganado tan pocas veces en tan pocos juegos a lo largo de mi vida en parte era por miedo a enfrentarme a esas consecuencias, a esas miradas de tristeza y decepción de los perdedores, a esa alegría que no puedes compartir con el que ha jugado contigo, con el único que podría llegar a entenderte.

Ya llegamos al medio de la calle, a las escaleras, al garaje que está junto a esas escaleras y que alguien un poco duro de mollera transformó un verano en un Alimerka, un Alimerka que nunca perdió ni el tufillo ni la sordidez del garaje y que duró poco más de ese verano. Por allí también hay un bar al que no entré nunca, viejo y elegante, con luz oscura y olor a polvo que se podía apreciar cuando mirabas sus ventanas. Un lugar que parecía importante en la vida de otros, pero que nunca fue importante en mi vida.

Los que sí fueron importantes fueron el kiosko y la Cafetería Manso. El kiosko era el lugar de mi madre, adicta a las colecciones y a los suplementos semanales. Ese kiosko fue el comercio del que provenían la mayoría de las cosas que había en casa --y creedme si os digo en en casa había muchas cosas--. No era un kiosko bonito, limpio y lleno de colores, era un lugar sórdido y oscuro que también compartía con el Alimerka un cierto tufo a garaje. Nunca entendí la fascinación que ese kiosko ejercía sobre mi madre, el poder que tenía sobre ella.

La cafetería Manso, por otro lado, era el lugar de mi padre. A mi madre no le gustaba que él se tomara los cafés fuera de casa. Le parecía un gasto inútil y poco lógico, más cuando mi padre nunca quedaba con nadie para tomar los cafés, salía solo y llegaba solo a la cafetería Manso (la mayoría de las veces) o al Joy o al Alaska y pedía siempre “un cortadito” y leía en periódico en la barra. Yo lo acompañé alguna vez, pero no por eso dejaba de estar solo; nos sentábamos en la barra, pedía su cortado, yo pedía otra cosa pero nunca la misma porque --al contrario de mi padre-- soy una persona a la que le cuesta mucho adquirir rutinas, y él leía su periódico, así que yo cogía otro periódico y también lo hojeaba. Nunca nada interrumpió la soledad de mi padre en las caferías, y menos aún en la cafetería Manso, donde el camarero ni siquiera le preguntaba qué quería, sino que a veces le ponía directamente su cortado. Siempre envidié eso, que los camareros supieran lo que pedías habitualmente y te lo sirvieran sin preguntar. Me pasé los cinco años de carrera yendo a la misma cafetería y pidiendo siempre lo mismo (aunque me apeteciera otra cosa) para ver si algún camarero, aunque fuera una sola vez, me servía sin preguntarme. No funcionó. Ya he dicho que no soy una persona a la que se den bien las rutinas.

Más allá del kiosko y de la cafetería Manso es como si estuviera otra calle, una calle distinta, la calle de la panadería, de la tienda de pinturas, de la farmacia en la que compraba los condones cuando aún me daba vergüenza comprar condones, la calle que termina en la tienda de animales aunque continúe aún unos metros antes de desembocar en la playa. La tienda de animales es el último lugar claro, un escaparate en el que pararse a ver perritos y gatitos y cualquier cosa adorable metida en una jaula. Las tiendas de animales y los zoos proporcionan el placer del dominio, un placer nada justo pero terriblemente real. Es curioso lo fácil que resulta olvidarse de las jaulas cuando no eres tú quien está en ellas.

Falta aún alguna cosa, falta la sonrisa del gato de Chesire de vuelta casa y falta la tienda de bocadillos donde mi tío me pediría perdón en la comida del funeral de mamá y donde más tarde me enteraría de que trabajaba la madre de G. Faltan las cristaleras de colores del bar de la esquina que más tarde se reconvertiría a ambiente marinero y donde vería yo el partido de España mientras un argentino me decía que Goyeneche llevaba el pañuelo lleno de cocaína. Falta la gramola, un bar insulso pero muy del estilo de mis amigas y seguro que olvido alguna cosa más, pero más o menos así, con los fallos de la memoria, con las trampas de los textos escritos y con los secretos que impone la prudencia, queda encerrada como en una postal la calle donde viví, la calle que empieza en el parque y termina en la playa pero que vive cerrada sobre sí misma, que siempre vivirá cerrada sobre sí misma, la calle oscura que es mejor cruzar en bici, rápidamente, sin detenerse mucho, conservando la libertad de quien no tiene allí su historia.

Comentarios

Ramón Herar ha dicho que…
Larga entrada y un placer. Me quedé con ganas de más.
strastnaya ha dicho que…
Gracias por este post. He ido recorriendo mentalmente la calle Manso contigo y ahora todo parece diferente :-) La verdad es que no recordaba el Spitting, ni el efímero Alimerka...pero muchos de los otros sitios me han traido recuerdos a mi también.
Anónimo ha dicho que…
Cómo se nota el cariño en todo el texto. Y es muy reconfortante saber que alguien puede mirar así el mundo

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