Yo nunca tuve patria, pobrecita. Tuve desde la infancia que descubrir ciudades desoladas, campos de concentración, no lugares como el intercambiador de autobuses o el aeropuerto. Tuve un solo peluche, naranja y amoroso, del que me deshice lo más pronto posible. Y así me deshice también de los pañales, de los juegos de niños, de enciclopedias, porque acumular es lo que nos llevó al desastre. Guardo, eso sí, libretas. Fieles testigos de lo que ocurre, no vaya a ser que un día me olvide de quién soy. Un ser sin patria, como yo, se olvida fácilmente de quién es, pues ningún sello de identidad avala su reflejo. Me miro y pienso en el mar, inconsciente e inevitablemente. Dejo los textos a la mitad, para evitar descubrir alguna verdad que cambie demasiado las cosas. Hay que saber parar a tiempo.
Cuando nací me enseñaron un idioma diferente, uno que casi nadie habla, un idioma de viejos y tertulias. Ese idioma no sirve para vivir. Sirve para escribir, y no siempre. Sirve para quedarse a solas, sirve para trazar una frontera. Yo nací en la frontera y he pasado la vida intentando unir los dos países, los tres países, los mil países, con éxito discreto. La frontera es el refugio de aquellos a quien nadie necesita. Nos ampara la invisibilidad o la mediación, que viene a ser lo mismo.
Quiero saber qué cosa que es España. Leo poemas y veo partidos de fútbol para intentar descubrir dónde se acaba España, qué dioses la protegen, que demonios la asuelan. Trato de vivir en el país en el que vivo, sin trascender mucho más allá, sin ser ciudadana del mundo sino una sencilla pobladora de casas, caminos, arboledas...
2 huellas:
"Dejo los textos a mitad..."
Me llamó la atención. Creo que tengo una costumbre parecida, aunque yo sospecho que por una razón diferente.
"Toda historia tiene un final feliz, solo hay que saber cuándo hay que parar de contarla" - The Sandman.
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