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Mostrando entradas de 2012

El cuerpo revolucionario

El verdadero secreto está en el cuerpo. Sí, esa envoltura molesta y anodina de nuestra alma, esa fuente de pecado que había que tener a raya para conseguir la pureza. El cuerpo simple. El cuerpo igualitario. El cuerpo presente. En el mundo virtual, de amores virtuales, discusiones virtuales y, sobre todo, acceso virtual a la información, el cuerpo ha irrumpido con toda su innegable certeza. El cuerpo ocupa un espacio. Muchos cuerpos ocupan mucho espacio. Las calles se llenan de gente –en el mejor de los casos triste y en el peor desesperada– para tratar de lograr algo mediante la presencia y el gesto. Las autoridades responden violentamente porque tienen miedo, porque los cuerpos dan miedo, porque una cantidad enorme de cuerpos se adueña del espacio y se lo quita a quien se cree amo y señor de la cosa pública. Mi cuerpo no es manipulable. Puedo cambiar mis opiniones por lo que leo, lo que escucho, lo que veo en la tele. Puedo dejarme convencer o empezar a deseear cosas. Puedo intenta…

El regalo

Por Malakkai

Ahorrar

De pequeña, de muy pequeña, me gustaba ahorrar. No me costaba nada acumular billetes y monedas. Era como una pequeña colección. Mi padrino fomentaba esta colección con billetes azules de 10.000 pesetas. Él sí era un verdadero coleccionista, uno casi patológico, un coleccionista que no podía soportar ver un billete doblado y que en cuanto se hacía con un billete azul lo metía cuidadosamente entre las páginas de la enciclopedia del descansillo para que se conservara intacto. Cuando tenía que hacernos un regalo a mi hermana o a mí sacaba uno de los billetes, que no eran dinero sino verdaderos objetos de coleccionista y nos lo ofrecía.  Aprendimos de él y compramos sendas cajas fuertes: azul para mí, roja para mi hermana, para preservar nuestros tesoros. En ellas acumulábamos nuestra colección de billetes y monedas. Que los billetes y las monedas sirvieran para comprar cosas sólo tenía importancia en un segundo término. Pero acumular (aunque sean billetes) nunca es bueno, siempre hay una…

Durante la Semana Santa

Nunca queremos que regresen los muertos,
Nunca, nunca, nunca,
No importa cuánto amor haya quedado a medias,
ni las medias verdades,
las cosas por decir o los secretos.
Nos gusta imaginarnos un infierno plácido
en donde los muertos descansan, nos esperan,
hablan bien de nosotros en el Cielo.

No quisiera que vuelvas
madre, hijo, amado, hermana
de aquella madriguera lejana y luminosa.
La pena no se salva con presencias devueltas,
hoy que la ausencia cubre,
como la Primavera
cada rincón de la ciudad, del cuerpo, de la casa,
cada minuto del tiempo que paso sin vosotros,
cada era de mi vida que se está haciendo vieja.

Amapara, oh Dios, si existes, a los muertos.
Que se queden contigo
en esa realidad distinta y más sagrada,
sin perturbar ya nuca
la vida que han dejado,
sin destruir la esencia mortal que nos habita.

Leer a un padre

No soy una hija rebelde. Nunca lo fui, aunque lo parecía. Desde siempre escribía poemas como hacía mi padre y también me interesaba por la ética, como hacía mi madre. Hoy en día soy profesora como mamá y también (a veces) escritora como papá. Una buena niña, siempre tan preocupada porque la quisieran. Ha pasado el tiempo y he ido encontrado padres y madres ficticios a los que complacer o decepcionar, ante los que rendir cuentas de lo que hago mal o lo que hago bien. Supongo que es una necesidad de niña obediente.  Ordené la casa que mi madre abarrotó, gané los premios que mi padre no ganó. Parece un estribillo. Todo perfectamente adecuado, todo entraba dentro de lo que cabía esperar de mí.  De todas maneras siempre me costó más apreciar lo que ellos hacían que completar sus obras, no sé si porque cuando una obra es buena ya no necesita a nadie o porque una no puede apreciar lo que tiene cerca. Eran desordenados y caóticos, estaban tristes muchas veces, se hacían daño, se gritaban, se…