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Leer a un padre



No soy una hija rebelde. Nunca lo fui, aunque lo parecía. Desde siempre escribía poemas como hacía mi padre y también me interesaba por la ética, como hacía mi madre. Hoy en día soy profesora como mamá y también (a veces) escritora como papá. Una buena niña, siempre tan preocupada porque la quisieran. Ha pasado el tiempo y he ido encontrado padres y madres ficticios a los que complacer o decepcionar, ante los que rendir cuentas de lo que hago mal o lo que hago bien. Supongo que es una necesidad de niña obediente. 
Ordené la casa que mi madre abarrotó, gané los premios que mi padre no ganó. Parece un estribillo. Todo perfectamente adecuado, todo entraba dentro de lo que cabía esperar de mí. 
De todas maneras siempre me costó más apreciar lo que ellos hacían que completar sus obras, no sé si porque cuando una obra es buena ya no necesita a nadie o porque una no puede apreciar lo que tiene cerca. Eran desordenados y caóticos, estaban tristes muchas veces, se hacían daño, se gritaban, se ausentaban el uno del otro, pero mi madre era una profesora excelente y mi padre es un gran escritor, uno de esos que tienen cosas que decir y una forma especial de decirlas.
El problema era que papá siempre utilizaba la escritura, que ponía sobre el papel lo que no se atrevía a vivir, que ligaba con mujeres por medio de la literatura y luego lo contaba en la literatura. El problema era que mamá buscaba papeles para archivar infidelidades, que leía textos sobre una mujer a la que le faltaba un pecho y que era ella, que podía ver la radiografía de mi padre en todos y cada uno de los papeles, porque él nunca despegó su literatura de la vida, nunca inventó nada que no tuviera una sólida base en la realidad. El problema era que la única manera de conocer a mi padre era leerlo. El problema, creo yo, es que heredé ese miedo a decir claramente las cosas si no es a través de la ficción.
Mi padre escribió un par de libros para niños que nos dedicó a T. y a mí y que yo no leí hasta que fui muy mayor. Ni siquiera los libros para niños quería leer que procedieran de su pluma, esa pluma que había servido para herir más que para sanar, esa pluma que iba ensuciando la vida de mi madre en cada servilleta, en la parte de atrás de cada libro, en el ordenador y el la cuadrícula de las libretas. 
Por otro lado mi padre es tal humilde (también en el mal sentido de humillarse a sí mismo) que siempre hablaba bastante mal de lo que hacía, siempre le quitaba importancia, nunca presumía y, si alguna vez leía en público, era con una carga de alcohol suficiente como para perder el miedo y la vergüenza. Así que no, yo no acostumbraba a leer a mi padre. 
Creo que la primera vez que disfruté un cuento suyo fue aquel sobre Colloto que publicó en Lunula, y el cuento acababa con las narices metidas en la cocaína de un bar del pueblo, de una manera sórdida, no limpia, no brillante.
Mi padre empezó a escribir con el surrealismo, y sus primeros poemas estaban cargados de una extraña belleza, inacabada y frágil. Después dio un salto hacia el realismo sucio, en la vida y en la literatura. Fue el tiempo de Bukowsky, el tiempo de Roger Wolfe, de David González, el tiempo de tipos muy duros con una vida más dura aún. Aprendí un par de cosas sobre literatura en aquel tiempo y también un par de cosas sobre la vida. Aprendí que cuando la vida y la literatura se unen con un lazo demasiado fuerte siempre hay un precio que pagar, y normalmente el precio se paga con sangre. Pero también aprendí que la literatura no se puede separar demasiado de la vida, porque entonces pierde todo el poder, que tiene que haber algún tipo de conexión. Ahora es lo que hago, buscar la conexión entre ambas, una conexión lo suficientemente fuerte como para que el texto tenga cuerpo pero lo suficientemente débil como para que nadie sufra. El arte no puede hacer sufrir, por lo menos no debería hacer sufrir a nadie diferente del propio ejecutor. Quizá me estoy pasando en este mismo instante, quizá estoy usando un filtro demasiado gordo y pagaré el tributo de sangre correspondiente. Es difícil calcular.
La primera novela de mi padre, Telarañas, nunca la he leído. Era una novela difícil rodeada de sombras que nació en lo oscuro y se quedó en lo oscuro. De sus poemas puedo decir que leí el último libro Llorad las damas y que mi padre es de esas pocas personas en el mundo que puede escribir coplas y versos sencillos sin caer en lo tópico. Sus cancioncillas siempre le sacan punta a la realidad y me recuerdan a las nanas que improvisaba para hacernos dormir. Si seguimos con las novelas, he de decir que tampoco he leído El negro, una obra que sí que ha tenido éxito (al menos entre los amigos) y cuyas ilustraciones tienen tal fuerza que ya solas cuentan una historia. A veces abro el libro y ojeo las ilustraciones, pero nunca me he atrevido a leer una sola línea.
Agosta escribe no la leí porque él mismo me dijo que no lo hiciera y El pintor asesino tampoco la leí. Como ya he dicho, no es fácil leer a un padre.
Si leí, y leí con atención El cuervo no fue por gusto, fue porque su editor me lo pidió, me pidió que lo leyera y le diera consejos a mi padre sobre cómo escribir, sobre lo que se podía poner y no se podía poner en un libro, sobre cómo tratar a los personajes... y, como ya he dicho, soy una hija obediente y me dispuse a llevar a cabo mi tarea, a corregir las imperfecciones de mi progenitor.
Tenía una libreta y un boli a mano, para corregir, para señalar fallos, pero apenas pude hacerlo. La historia era jodidamente buena. No es una historia policiaca, como muchos pensaron tras leerla, y tampoco era una historia de realismo sucio, como otros esperaron encontrar. Si el libro tenía algún fallo, era precisamente ese, dar a entender a algunos que estaban ante una novela policiaca y a otros que iban a disfrutar de lo más turbio de Gijón y sus bares. Pero no. Era una historia al más puro estilo naturalista, cruda, con un personaje que no nos ahorra su mierda, es la historia de cómo caga un tipo. El cuervo es la historia de un hombre atrapado en un trabajo inútil, que no sirve para nada y que es despreciado por todos los que lo rodean. Es la historia de un hombre, mi padre, que trata de encajar en una ciudad que no es la suya y encontrar el valor en algo que nadie más valora. 
El cuervo también es la novela de una ciudad: Gijón. Leerla es pasear por Gijón, sin magia y sin estrépito, trazar junto con mi padre el mapa de una ciudad de mal agüero, una ciudad donde hay una superpoblación de kioscos y kiosqueros. Busqué la forma de mejorar los personajes, pero no, los kiosqueros que estaban en la novela eran perfectos, eran reales y teatrales a la vez, podía identificarlos con sensaciones y con personas de carne y hueso al mismo tiempo. Los kiosqueros de esa novela retratan lo humano de quien se pasa toda su vida pudriéndose en un kiosco, quedando su humanidad podrida por dentro y absurda por fuera. Los que no entendieron el libro de mi padre no han vivido en Gijón, no han dejado de comprar el periódico porque el kiosco les parecía demasiado sórdido o, al revés, no se han pasado la vida buscando chucherías, tabaco y revistas en cada esquina de cada manzana de cada calle de la ciudad. El cuervo es de Gijón, aunque mi padre no lo sea. 
Las grandes novelas son novelas de espacios y de tiempos, y ésta es una pequeña gran novela, una novela que traza el mapa de una ciudad y que saca a la luz la mierda de los trabajadores de hoy en día, de los que cada día se levantan y ejercen su labor y vuelven a casa y tienen hijos y se vuelven a levantar y vuelven a ir al curro, y a veces se preguntan para qué, para qué demonios hago esto, de qué demonios sirve, y entonces cagan, o ligan con una mujer demasiado sola como para resultar hermosa, y se inventan que están dentro de una novela policiaca, y vuelven a casa, y vuelven a salir.
No ha sido fácil leer esta novela, no ha sido fácil entender de una vez por todas por qué mi padre huyó de la vida que tenía, no ha sido fácil ver la falta de amor, de famila, de sueños y de todo. Sólo tengo un consuelo, tampoco será fácil para vosotros. Leer a mi padre nunca resulta fácil, quizá es su venganza para los que no le escuchan, para los editores que lo estafaron, los amigos que lo humillaron, la vida que no le dio lo que le prometía, pero leer a mi padre es una de las únicas maneras que tenéis, no ya de entenderlo a él solamente, sino de entender las ciudades del norte en donde se acaban los trabajos útiles, de entender el teatro de los kiosqueros, que son como sibilas de un oráculo difícil de descifrar, de entender a aquellos para los que no hay lugar en este mundo y, al fin y al cabo, es una de las únicas maneras que tenéis de oler vuestra propia mierda. 

Comentarios

Ha valido la pena tanta espera, buffff
campanilla ha dicho que…
Difícil describir a un padre.
Una realidad tan cruda como el propio libro.

No dejes de leer El Negro.
Sigues oracular y sabia. un fuerte abrazo
Anónimo ha dicho que…
Ésta podría ser la Cara B al texto de la Calle Manso, cuanto más largo más me gusta lo que escribes, qué rica la sombra que hay a tu lao

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