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Ahorrar



De pequeña, de muy pequeña, me gustaba ahorrar. No me costaba nada acumular billetes y monedas. Era como una pequeña colección. Mi padrino fomentaba esta colección con billetes azules de 10.000 pesetas. Él sí era un verdadero coleccionista, uno casi patológico, un coleccionista que no podía soportar ver un billete doblado y que en cuanto se hacía con un billete azul lo metía cuidadosamente entre las páginas de la enciclopedia del descansillo para que se conservara intacto. Cuando tenía que hacernos un regalo a mi hermana o a mí sacaba uno de los billetes, que no eran dinero sino verdaderos objetos de coleccionista y nos lo ofrecía. 
Aprendimos de él y compramos sendas cajas fuertes: azul para mí, roja para mi hermana, para preservar nuestros tesoros. En ellas acumulábamos nuestra colección de billetes y monedas. Que los billetes y las monedas sirvieran para comprar cosas sólo tenía importancia en un segundo término.
Pero acumular (aunque sean billetes) nunca es bueno, siempre hay una contrapartida, una contraprestación, y nuestra contraprestación es que mi madre nos pedía de vez en cuando ese dinero que habíamos ido coleccionando. Los préstamos desintegraban los billetes, hacían que se volatilizaran en las necesidades diarias y nunca volvían a la caja de la que habían salido. Supongo que ésa fue una gran lección: me enseñó que, si no gastas tu dinero, alguien vendrá y se lo gastará por ti. Me enseñó a comprarme rápido cosas, porque las cosas se volatilizan con menos facilidad y es más fácil conservarlas. También me enseñó a no sorprenderme ahora, cuando lo que la gente ha conseguido ganar a lo largo de los años sirve para pagar los excesos de un país que no ha sabido organizarse como es debido.
Para comprar las flautas traveseras (sí, amigos, mi hermana y yo tocábamos la flauta, yo más por envidia que por pasión) se me ocurrió poner una lata a la que llamaba "fondo común". En el fondo común metíamos un poco de dinero cada miembro de la familia al mes y al final servía para comprar los instrumentos. Primero la flauta de mi hermana, luego la mía, luego mi madre decía que quería seguir con el fondo común, pero entonces el dinero empezaba a desaparecer antes de lo previsto. Siempre surgían fines de mes complicados, imprevistos, cuentas que no llegaban a cuadrar. Al principio lo devolvía, luego ya ni se molestaba. El fondo común terminó desapareciendo. Nunca pudo ella gestionar ni el tiempo ni el dinero, como si fueran dos fantasmas de todo lo que no tenía asumido. Aprendí otra cosa entonces: es más fácil ahorrar cuando se tiene un objetivo claro en el que gastar el dinero: una flauta, un ordenador, un juego, un coche... cualquier cosa, no importa, es sólo tener un motivo para que el dinero no se volatilice demasiado pronto.
Después ya no fui tan ahorradora. Metía de vez en cuando los dedos en la cartera de mi madre para sisarle alguna moneda e incluso algún billete, buscaba transformar en cosas el dinero y me quemaban los duros en las manos. Tenía miedo de ser pobre de repente, no pobre por no tener dinero sino pobre por carecer de objetos, con la pobreza del que ha tenido que deshacerse de sus colecciones. 

Gasto de una forma extraña, casi bulímica, paso tiempo sin gastar nada y de repente dilapido pequeñas fortunas y luego vuelvo a la austeridad habitual. Entro rápido en las tiendas o compro por internet para que nadie me vea. Comprar es un placer culpable, nunca está exento de desasosiego. No comprar, sin embargo, me produce más miedo aún, miedo a que venga alguien o algo que necesite el dinero más que yo y tenga que verlo desaparece ante mis ojos.
Digo todo esto porque hoy Rajoy ha comparecido ante todos nosotros, ha cogido un micrófono y ha empezado a decir cómo iban a cambiar los precios de las cosas. Digo esto porque dejar de consumir ya no es una elección, un ejercicio como dejar de fumar o comer moderadamente, dejar de consumir es ahora el único resquicio de libertad que nos ha quedado. Contribuir así a que todo termine.

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