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Áreas

Salgo de casa. Cojo el móvil, el té, me pongo el abrigo. Me aseguro de que tengo el ventolín en el bolsillo. Me pongo la mochila. Me calzo. Me despido. Cojo las llaves. Luego bajo hasta la planta baja si voy a ir andando o hasta el sótano dos si voy a coger la bici. Salgo a la calle. Camino. Cruzo el puente. Paso por el paso de peatones. Voy por la acera y paso la panadería, luego el Mercadona, luego la frutería donde tienen jengibre, después las tiendas de ropa, de juguetes, de cosas del hogar. Y después, en algún momento, en el preciso instante en que apoyo el pie en el suelo en la acera me doy cuenta de que estoy fuera de casa, que estoy realmente fuera de casa, y empiezo a mirar las caras de la gente, a ver si tienen prisa, si van de la mano, si discuten, si han ido o irán de compras. Y también pienso en el trabajo al que me dirijo, pienso en que tenía que haber fotocopiado esto o mirado lo otro, pienso que tengo que repasar o que organizar o que imprimir. Por supuesto ya es demasiado tarde y me tengo que conformar con las cosas que sí me he acordado de hacer o que no necesitan preparación alguna.
Era igual en la Universidad. Mientras estaba en clase pensaba en todo lo que podría preparar cuando llegara a casa, en todo lo que iba a leer, en todo lo que iba a repasar. Incluso lo apuntaba en una agenda. Sin embargo, cuando llegaba a casa ya nada de eso tenía sentido, era algo lejano, como si le hubiera ocurrido a otra persona.
Por eso pienso que el mundo está dividido en áreas. No existen los lugares concretos y luego uniones entre ellos en forma de aceras, caminos o autopistas, sino que cada lugar ejerce su influencia en su alrededor hasta un determinando punto del exterior, como si fuera un castillo medieval que tuviera dominio sobre tierras y gentes hasta los muros. Lo que ocurre es que ahora los muros son invisibles y a veces cambian de lugar, pero sigo sintiendo esa sensación de cruzar algo en un punto determinado del recorrido, como si saliera de un lugar y entrara en otro.
También cuando llego a casa lo hago antes de cruzar la puerta del portal. Lo hago cuando doblo la esquina última, o cuando veo el edificio. Sí, ver el edificio es como estar en casa. Es olvidar todos los planes anteriores, todo lo que te habías propuesto solucionar, estudiar, elaborar. Todo lo que te habías propuesto escribir.
Llevo meses pensando en escribir sobre este extraño fenómeno, pero siempre lo pienso justo en el momento en el que cruzo un área, en la frontera. Lo pienso por un segundo y luego ya estoy con la cabeza en el trabajo, en la oficina, en casa de nuevo. Ha sido muy difícil acordarse, ha sido dificilísimo ponerse aquí, rememorando instantes tan fugaces.
Intentamos conectar las áreas con libretas, con agendas, con listas de tareas, con recordatorios en el móvil. Intentamos enviar mensajes a "yo en casa" cuando estamos en la oficina y a "yo en la oficina" cuando estamos en casa, pero estamos tan alejados de nosotros en otros lugares, las fonteras son tan densas, que mucha información se queda atrapada para siempre en el punto en el que las áreas se juntan. Así las aceras están plagadas de los mensajes para nosotros mismos que se caen como una especie de tributo a los espacios.
A veces vigilo el tiempo que tardo en salir de casa. No en cruzar la puerta del portal o en garaje, sino en salir realmente de casa, en dejar lo que estaba pensando y fijarme en que estoy fuera, fijarme en la gente, empezar a darme cuenta de que voy a un lugar distinto y a pensar en lo que me espera en ese lugar. Lo vigilo porque me asusta tardar demasiado a veces. Me asusta que en algún momento el área se extienda más y más y lo abarque todo y yo me quede atrapada en casa para siempre, sin ser realmente consciente de la presencia de los otros. 

Comentarios

Lari ha dicho que…
Sencillamente GENIAL.
Anónimo ha dicho que…
Quizá sea ese el gran temor por excelencia...que todo se vuelva añejo y pesado y que nuestra existencia se ubique perpetuamente en cualquier lado físico (a su vez metafísico, claro...). Pienso que no hay que perder la levedad que hace que cojamos la bicicleta, el coche o las zapatillas y que nos hace romper fronteras. La arena de la playa para mí es un buen territorio; sin anotaciones, agendas, grafittis...luego vuelves, claro, pero de otra manera...los pensamientos pesados como el cemento se vuelven mestizos...y el aroma que expulsas en casa, también, cambia.

Aunque me vaya lejos...por las ramas...Te entiendo perfectamente...lamentablemente.
Besos.
txikiherri:)

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