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Cosas pendientes

Una vez me compré un vestido negro en la sección de "taras" de Mango Outlet. Tenía la cremallera descosida y cuando me lo probé vi que había que coser también el dobladillo para que no arrastrara por el suelo. De todas maneras me sentaba bien y lo compré. Lo guardé en una bolsa y lo coloqué junto al neceser de costura, para hacer los arreglos que necesitaba. En esa bolsa también había un par de camisetas a las que se les había roto el tirante y algún calcetín para zurcir. No sé coser muy bien, me tuerzo y hago puntadas grandes y quiero acabar demasiado rápido, pero de pequeña mi madre me enseñó algunas técnicas básicas y de vez en cuando metí algún dobladillo, tapé algún agujero o cosí algún botón.
Pasó el tiempo y olvidé la bolsa en el armario. Nunca me decidí a ponerme a coser el vestido o las camisetas o los calcetines. Sólo los recordaba cuando abría el armario o los observaba. De todas formas no molestaban demasiado. Llegaron a formar parte del paisaje del armario, hasta tal punto que resultaban casi invisibles, como un decorado demasiado familiar.
Siguió pasando el tiempo. Años, amantes, amigos, nocheviejas. Tuve que mudarme de casa y la bolsa de "cosas para coser" se mudó conmigo. Era una pena deshacerme de un vestido tan nuevo y tan bonito que aún no había estrenado. Fui a Madrid. Primero a casa de mi hermana, luego a casa de mi novio, luego –cuando éste dejó de serlo– a casa de mis amigos. En cada mudanza el vestido se venía conmigo. Dejé el neceser, pero compraba agujas e hilos y pensaba en coserlo. Luego ya dejé de pensar en coserlo y pensé en llevarlo a que me lo cosieran. No es excesivamente caro y valía realmente la pena. 
En la última mudanza creo que dejé el vestido en alguna caja en el trastero, convencida de que no lo iba a llevar en breve a coser. Probablemente ni siquiera me sirva ahora. 

Mamá siempre tenía muchas cosas pendientes. Coser. Arreglar. Pintar. Recoger. Tirar. Ordenar. Limpiar. De vez en cuando hacía listas con lo que tenía que hacer y las pegaba en los azulejos de la cocina. Las listas iban amarilleando con el tiempo. El celo a veces se despegaba con la grasa de la comida que flotaba en el ambiente, o con el vapor de las tisanas. Cuando murió sus listas se quedaron, amarillas y antiguas, como una continuación de la existencia más allá de lo que los cuerpos soportan.

Las cosas pendientes son como el dinero, las casas o la culpa: se heredan. Mi hermana y yo heredamos sus cosas pendientes y yo pinté la casa y tiré los periódicos, y ella arregló las ventanas y reformó la cocina. Son cosas que tienen que estar hechas, que pones en tu lista para recordarle al mundo un efecto deseado pero aún no conseguido. Luego quedan ahí, las listas, a veces se olvidan, a veces se tachan cosas, pero no son algo personal, son generales, son para todo el mundo, y cada persona engrosa un poco más la lista universal de las cosas pendientes porque el deseo siempre permanece, aunque el cuerpo se pudra.

Hace años tenía una lista de libros que quería leer. Cuando pasaba el tiempo añadía unos libros y quitaba otros, pero nunca desaparecían por completo. Nunca hubo un momento de mi vida en el que no hubiera nada pendiente, en el que se pudiera empezar de cero, sin nada que hacer, en el vacío, con el papel en blanco. Esta es la vida de todos los hombres, no la mía sola. Los hombres son humanos porque tienen conciencia del futuro, porque pueden dejar para mañana, porque pueden soñar con algo nuevo, algo distinto. Gestionar ese futuro, esa conciencia de futuro, es lo complicado.

Pienso en mi vestido negro por coser. Pienso en él y me imagino un vestido sin coser que se herede, junto con la obligación de que tiene que ser cosido, de una generación a otra. Pienso en dárselo a una hija un día. Pienso en que que esa hija pensará que es un vestido bonito, lo mirará, lo guardará en un armario para coserlo o llevarlo a coser en un futuro. Y luego se lo dará a otra hija, a la que le ocurrirá lo mismo. Y así se quedará siempre en la familia, en la lista de cosas pendientes de toda la familia, por los siglos de los siglos, como las mansiones, las joyas, la culpa, el adn.

Por eso es importante renunciar. Saber en qué momento algo tiene que ser borrado de la lista aunque no esté hecho, aunque lleve años allí, en la idea de futuro, formando el paisaje del futuro de la misma manera que las fotos forman el paisaje del pasado. Hacer o renunciar. Es importante para que nadie herede las cosas pendientes. Dejar listas largas de cosas pendientes es tan poco elegante como el suicidio. Es necesario minimizar el impacto de la destrucción. Ahorrar a quien venga la pesadez de una maleta llena, de unas tareas que requieren ser hechas, cumplidas, terminadas. Meter el vestido negro en un contenedor, donarlo, deshacerse de él, no porque ya no lo quieras, sino por pura consideración para con los otros y para contigo. Asumir que equivocaste tu futuro cuando lo imaginaste, que la pintura era diferente, que en ese futuro tú no lucías un vestido negro comprado un día por cuatro perras en la sección de "taras" del outlet de Mango.

Comentarios

guitarboy ha dicho que…
... en mi lista de cosas pendientes tenía comentar tu blog.. ¿al final has tirado el vestido?..
Graciela Miranda ha dicho que…
Recuerdo el armario, la bolsa, e l neceser como si los tuviera delante ahora mismo.
Echo en falta los pantalones de leopardo, esos a los que había que coserles el bajo (y lo hice, aunque yo también aplacé la tarea durante semanas, probablemente meses y eso que a mi me encanta coser).
Me ha traído muchos recuerdos este post y me ha gustado mucho.
Aunque discrepo en una cosa: el suicidio puede ser muy elegante.
Ahhhh el costurero blanco...
Mr. Meeple ha dicho que…
Estab leyendo este post y ha empezado a sonar esta canción:

http://www.youtube.com/watch?v=bWpi_vBMxLw

Perfecta banda sonora para un precioso escrito.
sibisse cándida ha dicho que…
Todo texto acaba por encontrar su música. O es la música la que encuentra al texto. En cualquier caso, gracias por compartirlo, Black. Ésta es tu casa.

Guitarboy, no te puedo contestar a eso. Es un secreto.

Grace, lo recuerdo con perfect nitidez, el costurero blanco.

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