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Confieso que he abortado

Ojalá no tuviera que escribir esta entrada. Ojalá el partido en el gobierno no hubiera ganado unas elecciones con la reforma del aborto en el programa electoral. Ojalá hubieran detenido a Gallardón a tiempo y ojalá mucha gente hubiera roto la disciplina de voto para evitar la barbaridad a la que nos enfrentamos esta mañana. Pero no ha sido así. Se han sentado, han votado que sí, que hay que prohibir que las mujeres aborten y han aplaudido. Creo que si no hubieran aplaudido igual no estaría escribiendo esto. Fue ese aplauso, ese sentirse orgullosas, vencedoras, defensoras de la vida lo que me ha sentado aquí y ahora, frente a este ordenador, en este jardín donde ya casi no crecía nada y me va a hacer contaros palabra por palabra el día en que yo aborté.
Qué pena, algo tan privado, tan íntimo, tan mío. Algo que tan poca gente sabe. Tener que ponerlo en este sitio, tan público, con mi nombre y mis apellidos, conmigo entera, con mi cuerpo y mi vida detrás de ello. Y tengo que ponerlo porque hoy, día doce de febrero del 2014 hemos perdido la soberanía sobre nuestro cuerpo y se han puesto a legislar en nuestras tripas. Tengo que hacerlo porque ya no se trata de una cuestión privada, de algo que me importaba a mí y a nadie más, sino que hoy, día doce de febrero de 2014, dos días antes del día de San Valentín, lo que me ocurrió a mí y lo que le ocurrirá a muchas mujeres ha pasado a ser algo público.
No soy muy buena yendo a manifestaciones, gritando consignas, levantando el puño. Yo sólo sé escribir. Sólo sé contar historias. Y esta historia la escribo para que os pueda servir de algo, para responder a la pregunta que se hacen algunos de ¿por qué abortan las mujeres? y para quienes no se lo preguntan dejarles aquí mi respuesta, publicada, escrita, no vaya a ser que un día digan que nadie les contó nada, que no sabían, que firmaron, como la cándida infantita, sin saber lo que hacían.
Antes de empezar quiero perder disculpas a mis seres queridos, a mi familia y amigos que no saben nada de esto y que se van a enterar igual que todo hijo de vecino, por una entrada en un blog. No es que no os quiera ni no os tuviera confianza, es sólo que quería guardar el secreto, que lo hubiera guardado toda la vida si mi secreto no estuviera ahora siendo legislado y aplaudido.
Ahí va mi historia:

Follábamos con condón. Es decir, para correrse se ponía el condón, pero me la metía antes. Al principio me hizo la pregunta ¿puedo entrar dentro de ti? y yo le pregunté a mi vez que si había traído protección y él me contestó que no había pensado en ello, que igual tenía razón. En ese momento pensaba que no le gustaban los condones. Hoy pienso que no le gustaba follar, que lo hacía por desfogarse. Dormíamos en camas separadas y a veces nos juntábamos en una y nos masturbábamos mútuamente. Pero no, follar casi nunca.
Creo que fue cuando estábamos en Vitoria que me dejó embarazada. Un viaje hermoso, uno de los momentos más bonitos de nuestra relación. Cuando me metía la polla sin condón yo me resignaba y pensaba que si me quedaba embarazada abortaría y que eso sería una lección para él, mucho más didáctica que ponerme borde en la cama y decir NO, así no. No quería que nuestra relación sexual se convirtiera en una pelea, no era romántico, no era lindo.
Y pasó. Pasó que me empecé a sentir rara y tenía las piernas débiles y evitaba pasar delante del escaparate de prenatal para que no se me fueran los ojos y delatara de esta manera que una parte de mí deseaba la maternidad. Mi madre se estaba muriendo y sí, quizá quería que conociera a su nieto antes de que la palmara. O quizá pensaba que así no moriría, porque mi madre siempre tuvo como deber primero cuidar de los demás.
Yo estaba más guapa que nunca. Mi hermana me lo dijo y mi psicóloga también, me lo dijo después, cuando el test dio positivo, que había visto mi cara de embarazada.
Entonces mi plan educativo se fue cumpliendo. Primero fuimos él y yo a ver a mi psicóloga, la única persona de mi vida que me ayudó en el trance. Él tuvo que volver de su casa para acompañarme en todo esto. No inventó una excusa (me hubiera gustado), sino que dijo de una manera sutil que yo tenía "problemas ginecológicos", algo que –ahora lo sé– cualquier madre entiende.
Le dije que si había sospechado que no fuera suyo (yo, que sólo me había acostado con dos chicos en toda mi vida) y él dijo que contempló la posibilidad, pero que la descartó.
Yo fui a clase sintiéndome dos, quería esa criatura para que mi madre siguiera viviendo y para que mi relación fuera sólida como una roca (¿acaso no te enseñas que un bebé lo soluciona todo?) Quería abortar para seguir mis estudios, para darle una lección a Pablo, para tener un argumento de suficiente peso antes de pedirle a un chico que se pusiera un condón desde el principio y no cuando se fuera a correr, no parecer histérica, demasiado preocupada o borde, para no limitar mi vida.
En principio quería pagarlo yo. Eran treinta mil pesetas. Mi psicóloga me dijo que ni de coña, que yo ya iba a tener bastante, que al menos no supusiera además un perjuicio económico y que él pusiera el dinero. Se lo pedí como quien hace los deberes, no porque tuviera fuerza ni confianza en mí misma como para pedírselo.
Fuimos a la clínica. No fue tanto verlo como sentirlo: sentir mi cuerpo de forma totalmente diferente, sentirme hermosa, concentrada en mi misma, cada célula de mi cuerpo en pleno acto de creación lo que me dio más pena. De alguna manera ya había comenzado mi comunicación con el zigoto. Me despedí como pude de la vida que estaba empezando. Le expliqué como pude mis motivos. Le pedí perdón y recé por su alma.
Tuve que firmar unos papeles y el médico otros, como que mi salud mental corría peligro si seguía adelante con el embarazo. Me dieron una pastilla y tuve una regla fuerte. Después de tomar la pastilla fui a la residencia donde vivía y él y follamos con ganas, y él dijo que la parte positiva era que no teníamos que usar condón ahora, que el efecto de la pastilla era tan fuerte que iba a impedir que me quedara de nuevo embarazada.
No se lo dije a nadie. En aquel momento me convencí a mi misma que contarlo era como hacer que la nueva vida de la que me había deshecho era más vida cuantas más personas supieran de su existencia. Hoy creo que tiene más que ver con el tabú que rodea el tema del aborto. No está bien visto que una mujer aborte, no es algo de lo que sentirse muy orgullosa.
Duramos él y yo dos intensos años, pensando que éramos el uno para el otro, pero el aborto era una espada invisible entre nosotros. Una vez me dijo "he estado frío contigo esta última temporada..." demoró un poco y esperó a que le diera confianza para acabar la frase: "porque no te considero buena madre". Intenté disculparle, quitarle hierro y asimilarlo, pero fue demasiado y me marché. En aquel momento tampoco relacioné con el aborto. Era algo que yo había vivido casi en soledad y tampoco pensé que sí, que también era su hijo, que su insistencia para meterme su polla sin condón eran igual también sus deseos de paternidad y no su inconsciencia. Un bebé que nace no es tanto la unión de un óvulo y un espermatozoide, sino la unión de dos voluntades.
Muchas veces siento pena, una pena profunda. Creo que todos los días siento pena.
Pienso que voy llegando a los 35 y que, aunque vivo en pareja es muy posible que nunca llegue a ser madre, yo que casi lo llegué a ser una vez y decidí no hacerlo.
Luego piense en lo que he podido vivir, en la relación opresora de la que conseguí escapar, de lo que soy ahora, de importante que ha sido no tener ese hijo en aquel momento. Es sin duda lo más duro que he tenido que hacer en toda mi vida, pero gracias al cielo y a mi psicóloga pude hacerlo y salir adelante.
Se lo conté después a novios, que no quisieron hablar mucho del tema, a mi padre, que tampoco le apetecía escucharlo, a mi hermana, que me soltó un directo: "hubiera preferido que no me lo contaras". Los dilemas morales son más llevaderos cuando cierras los ojos y piensas que no te afectan directamente, cuando los permites pero prefieres no pensar en ellos.
A partir de entonces obligaba ponerse el condón desde el principio a todos los chicos con los que me acostaba. A los que mantuvieron conmigo una relación más larga se lo expliqué para tener un motivo sólido y justificable a la hora de impedir una polla sin condón en mi coño.
Con M. ha sido diferente. De nuevo no quería romper la magia. De nuevo una parte de mí (quizá no la más sana) quería que me dejara embarazada. Así ya no habría excusa posible y tendríamos que estar juntos para siempre. Un hijo es el contrato más sólido que existe. Pero nada, lo único que hacían esos instantes sin condón era dejar volar mi imaginación y pensar en una concepción mágica, en el amor hecho carne, en una creación que me aseguraría una vejez sin soledad.
Ahora uso el anillo y sí, es más seguro, pero no te deja fantasear. Estoy a salvo.
Pasa el tiempo. Casi seguro que no seré madre. Este jardín, ironías de la vida, no lo destruirán los hijos. Por el embrión no nato rezo a veces. Guardamos pese a todo una cierta relación. Le doy las gracias.




Sirva ésta mi historia de confesión, por si queréis acusarme, señalarme con el dedo, llamarme asesina o terrorista. Ése es el lado del que estoy, del lado de las mujeres que abortaron, que abortan, que abortarán. Si pensáis que el aborto es un asesinato adelante, yo, con mi nombre, mis apellidos, mi vida, mi blog y mi historia soy vuestra asesina. Vosotros para mí sois simplemente ignorantes, aunque esta vez las vidas, las vidas de las mujeres, las vidas que importan, las están cercenando y oprimiendo los y las ignorantes.
Si algún ignorante quiere comentar esta entrada que sepa de antemano que no lo voy a permitir, que cuidaré los comentarios como si fueran flores y éste será sólo un espacio para nosotras, para las oprimidas, para las solas, para las que tuvimos, tenemos o tendremos que tomar decisiones difíciles.

Comentarios

Pepe Grau ha dicho que…
Cómo vas a ser una asesina, no digas tonterías.
Yo, en otra relación, hace trece años también viví un aborto aunque por suerte fuera involuntario (por suerte porque habría tenido que ser aborto de todos modos). Tampoco lo supo nadie, ni mi madre. También me sentí padre, como con el embarazo en el que vino Júlia.
Un abrazo muy grande

(No quiero importunar con el comentario, es un mensaje caricia, el contenido del abrazo)
La Maga ha dicho que…
Gracias
Alicia ha dicho que…
Bienvenida, querida-
Anónimo ha dicho que…
Yo soy hombre, he abortado, junto con la mujer que quedó embarazada de mí, y, al igual que tú, defiendo el derecho de toda mujer a tomar esa decisión.

Antes de llegar a este punto de mi vida, yo era un ignorante, habría llamado asesina a cualquier mujer que lo hubiera hecho, y por suerte o por desgracia, nunca había conocido a ninguna.

No faltará quien me considere un hipócrita, pero hasta que no estás en la situación, no la comprendes en toda su profundidad. Es triste, se siente dolor, pero nadie tiene derecho a juzgarte ni condenarte.

Ahora sé lo valiente que es una mujer que renuncia a su maternidad, y soy consciente de lo mucho que merecen todo el apoyo, el cariño y la compasión del mundo, pero nada de vergüenza ni culpa.
Anónimo ha dicho que…
He llorado.
He querido morir.
Que se me trague la tierra.
He sentido el aguijón, helado, amargo, de la culpa.
El corazón duro y lento, como si le costara dejar de ser de piedra.

He llorado.

Por ti. Por nosotros.

Creo que no puedo aceptar el perdón.

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