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Las mentiras

De pequeña, como todos los niños del mundo, mi madre quería que mintiera. Quería que no presumiera nunca de las cosas que tenía, pues así la profesora de música nos haría descuento y la familia de Canarias nos daría dinero de vez en cuando. Mi madre ponía tanto empeño en parecer pobre que creo que se llegó a creer que era pobre. Ocurre con los buenos mentirosos, que adoptan su mentira como si fuera un disfraz, y luego ya es muy difícil arrancárselo.
También tenía que mentir al médico. Mamá odiaba todos los químicos que nos mandaban, pero quería su diagnóstico, así que, antes de entrar en la consulta, nos aprendíamos los nombres de los medicamentos y las veces al día que hacíamos las tomas, para parecer obedientes y que nos siguieran tratando.
Las mentiras, los secretos (esa forma sutil de mentira) me ponían nerviosa. Casi siempre que nos contaba algo lo terminaba con la frase "tú de esto chitón" y su dedo en la boca. Así que creía que sólo me estaba permitido contar aquello que no tenía el colofón de cerrar un secreto. 
Con el tiempo me he vuelto mala mentirosa. Mala guardadora de secretos. Trato (no siempre lo consigo) de no decir aquello que me dicen que es un secreto. A veces pienso en los secretos como una forma de abuso, como una manera de cerrarte al mundo. De alguna manera eres dueña –no ya de tus secretos– sino de la persona que los guarda. 
Mi gran boca me ha hecho perder amigos (igual no totalmente, pero sí parte de ellos) y sin embargo sigo, con la fe, con la convicción de que las mentiras, los secretos, nos atrapan. Por eso quizá escribo, para contaros todo, para ser un poco dueña vuestra, para que conservéis, vosotros que podéis, mis secretos, mis mentiras, hipócrita lector, mon semblable, ma soeur.

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