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Texto predictivo

Hasta entonces siempre había corregido los errores de su móvil. Borraba la palabra y volvía a escribirla, cuidadosamente, letra por letra. Si el móvil seguía insistiendo en cometer errores ella, con infinita paciencia, regresaba sobre sus pasos y la reescribía de nuevo. Pero había ciertamente un poco de inquietud, como si estuviera haciendo algo mal y la palabra que escribía el texto predictivo fuera realmente la que ella sentía, la que requería la situación. Así que decidió probar a ver qué ocurría si no corregía nada, si dejaba la palabra tal como se la había inventado su teléfono. Fue una sola palabra, en un solo texto, pero le sirvió para liberarse de una vez por todas de las palabras incorrectas, tabú, inconsistentes. El miedo se había esfumado. Se puso tan contenta que decidió no volver a corregir a su móvil, aceptar que todo tiene un motivo y que a veces es dios quien habla por nuestra boca, con nuestro idioma. Sus mensajes –creía– se habían vuelto más incomprensibles, es cierto, pero también más directos, sutiles, sinceros a su manera, pues hay mucho de sinceridad en el error no corregido.
Los errores se hicieron más frecuentes, ya no limitados por la corrección cuidadosa, y su mano se volvió más vaga al deslizarse por el teclado, buscando no del todo sin querer las equivocaciones. Hoy ya no puedes saber, al recibir el mensaje, cuál era su intención inicial y qué quería realmente comunicarte. Es el error el que forma las palabras, como si los textos se escribieran solos, con alma propia, ajenos a toda voluntad humana.

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