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El don de la oportunidad

Gustándome tanto escribir, lo lógico, podríamos decir, es que me dedicara al periodismo. Ya sabéis, contar cosas, opinar, trasladar información. Sin embargo hay algo que me ha mantenido alejada del papel reciclado como si fuera lava hirviendo: el don de la oportunidad.
Carezco totalmente de don de la oportunidad. Ni siquiera soy capaz de formarme una opinión más o menos clara hasta que ha pasado mucho tiempo, y entonces ya no importa. No voy al filo de la noticia, de lo que ocurre, sino que lo dejo reposar, como agua estancada en un pantano. A nadie le gusta lo estancado, lo pasado de moda, lo que ya se ha dicho.
Si hay un don que me caracteriza es justo el contrario: el don de la desoportunidad (por darle un nombre). Soy capaz de poner una canción sobre desengaño cuando una amiga me cuenta su ruptura, o de pedir las cosas justo en el momento en el que no son posibles, o incluso de decir lo menos adecuado en el momento menos adecuado.
No es despreciable mi don. Es, si queréis, más raro y por lo tanto más difícil de manejar. Me obliga a estar alerta. Me obliga a olvidarme de lo oportuno que resulte algo para soltarlo, sin más, como una bomba.
Y llega un momento en la vida en el que tienes que aprender a lanzar bombas, las menos adecuadas, oportunas y esperadas bombas. Sin más. Como si no importara. Porque en realidad no importa. Todos los momentos son igual de buenos en el fondo.

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