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Empezar de cero

Nos apegamos. Vamos poco a poco apegándonos a las cosas, a las personas, a los recuerdos. Ah, sobre todo a los recuerdos, esos que nos dan un reflejo de quienes creemos ser. Y nos apegamos a todo objeto que sirva de catalizador de recuerdos: una chaqueta, una foto, un móvil. Entonces nos hacemos rodear de pequeños objetos, de cajas, de historias, como un rey se rodea de sus súbditos, pues es la única manera de recordarse a sí mismo que es rey.
Y entonces algo falla, y el móvil se rompe, las fotos se traspapelan, el disco duro deja de funcionar. Y entonces primero es un pequeño drama, pero el drama es minúsculo y desaparece pronto. En seguida da paso a un vacío liviano, a una agradable sensación de estar estrenando algo, de estar en algún país en el que nadie te conoce, y por lo tanto no tienes que fingir que sigues siendo como eras hasta ahora.
Leí una vez un cuento –creo que de una mujer– en el que el infierno se componía de todos los objetos que perdíamos. Porque si algo hay cierto es que cuanto mayor es el apego, mayor es el alivio cuando todo se destruye.

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