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Cajeros automáticos

Los cajeros automáticos no sirven para ofrecernos dinero en efectivo, ni para pagar recibos, ni siquiera para saber el extracto de nuestra cuenta bancaria. Los cajeros automáticos en realidad lo que sirven es para medir lo pobres que somos. Lo hacen de una forma sutil pero infalible: el tiempo que pasas frente al cajero automático es inversamente proporcional a tu grado de riqueza.
Así los ricos muy ricos nunca pisan los cajeros. Siempre van a sitios elegantes con su colección de tarjetas vip. En esos sitios existen datáfonos y mujeres con falda negra y hombres de traje. Sólo los dependientes de lugares pobres manejan monedas y billetes.
Los un poco menos ricos sólo visitan el cajero en raras ocasiones, un sábado por la noche porque quieren tomarse un par de cañas más o porque de repente tenían que poner un billete cada uno para un cumpleaños.
Y luego hay toda una serie de cuerpos humanos, de todos los colores, géneros y razas, que se paran día a día frente a los cajeros, y una escalada de tiempo de sus vidas dedicado a relacionarse con la máquina. Desde los que tienen una situación más holgada y hacen breves visitas, como quien va al médico, cuenta su problema, recibe sus medicinas y se va a su casa, y aquellos que se eternizan, analizando sus cuentas, calculando (calcular es de pobres), tratando de pagar todas las facturas, o de decidir si de entre las facturas hay alguna que podría esperar un poco más.
Así que cuando me toca esperar en un cajero automático observo fijamente a quien está delante de mí, adivinando en qué situación está su cuenta, restando un poco más por cada minuto que pasa allí delante, en ese cruel medidor de tu riqueza.

Comentarios

Inquilino ha dicho que…
Sirve para medir más cosas.

Los que aman su dinero, siendo pobres o no, lo recogen y se lo llevan, junto con la tarjeta.

Estamos los de la cabeza llena de pájaros (siendo pobres o no, es algo circunstancial y secundario), hacemos todo el trámite y al irnos nos llevamos sólo el recibo y dejamos el dinero. Lo bonito es el diálogo con la máquina, el juego de botones y las sucesivas pantallas de ese videojuego.

Y al final queda ahí la tarjeta, los billetes, a veces la cartera misma. Y hay que ser muy berzota para que te pase... y mucho más para que te pase varias veces. Pero créeme, somos legión.

:)

Si no eres así de despistada, estás de enhorabuena... mejor siéntete bien.
El índice berzonas se mide por la cantidad de veces que tienes que hacerte el DNI, o porque te sabes ya de memoria el teléfono para anular la tarjeta.

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