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La familiaridad de los extraños

Era más fácil antes ¿sabéis? Era muchísimo más fácil enzarzaros en palabras cuanto estábamos más lejos, cuando no nos veíamos las caras, cuando apenas sabíais que era una sombra lejana, escribiendo desde algún lugar no concreto del mundo. Entonces resultaba sencillo hablaros con sinceridad extrema, sin ningún tipo de barrera, sin miedo a resultar hiriente o incomprensible. Luego qué pasa, que las palabras que tienen que salir primero no pueden, porque no resultarían adecuadas, porque luego hay que defenderlas, asumirlas, establecerlas en un lugar concreto, con personas concretas, que me miran, me huelen, me abrazan, con personas que establecen luego conversaciones conmigo.
La escritura exige esa dirección única de no tener que dar después forma a argumentos ni arrepentirse de lo dicho, la escritura no tiene piedad por los que nos rodean. Así que cuando quiere salir de pronto, a borbotones, como única manera de decir ciertas cosas, se interrumpe, se pudre dentro, y ya no puedes escribir sobre cosas más neutras, sobre el ruido de la calle o el invierno.
Ante eso sólo te queda la solución de inventar un personaje, un personaje similar a una misma, que se te parezca terriblemente, pero que tenga sus propias reglas, filosofía e idiosincrasia. He intentado también esto, no creáis, me he inventado personajes enlazados a la yema de mis dedos, mucho más fuertes o extremos que yo misma. Sin embargo un personaje cuesta demasiado. El precio que pagas te va quemando por dentro, porque es un precio constante, incomprensible, un precio que ya no puedes elegir. Tienes que llevar a tu personaje a donde éste quiera ir, por mucho que para ti ese lugar resulte inhabitable.
Es difícil estar tan accesible, los que escribimos generalmente padecemos de una suerte de incapacidad para comunicarnos de otra forma, por eso lo hacemos, por esa necesidad de que alguien, en algún lugar del mundo, sea capaz de entenderte, profundamente y sin juzgarte. Los extraños son ese público perfecto, permisivo hasta la náusea, fiel y familiar, por el resulta terriblemente fácil dejarse poseer. La única posesión que permitía ser libre.

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