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Tirar

Guardamos todo. Guardamos los libros que nos servirán en un futuro, las fotos, los diarios, las libretas, la ropa que nos trae recuerdos de cuando éramos más felices o estábamos más delgadas. No dejamos de guardar, cada día un poquito, hacemos hueco, reordenamos las estanterías, nos sentimos orgullosas de todo lo que tenemos, de lo que hemos conseguido hasta el momento, pero quizá también alberguemos la esperanza de más cosas, más libros, más ropas, un ordenador mejor, una tele más grande. No somos del todo felices porque siempre nos falta alguna cosa, sin pensar, incautos de nosotros, que quien no es feliz con todo lo que tiene tampoco va a ser feliz con todo lo que le falta.

Guardar es un acto de responsabilidad, unas veces una responsabilidad propia (tengo que leer este libro, tengo que practicar este deporte), otras veces –muchas más de las que nos gustaría admitir– un acto de responsabilidad con algún otro: no se pueden tirar los regalos, pues se ofendería el sentimiento con el que se nos regaló, no se pueden tirar las herencias, porque quiénes somos nosotros para decidir tirar aquello que estuvo tantos años siendo fielmente custodiado por nuestros progenitores. Tampoco podemos tirar aquello que nos define, porque le estaremos robando a nuestros hijos, al futuro, la opción de conocer nuestra historia, quiénes fuimos y cómo hemos llegado hasta allí. De esta manera deshacerse de cosas se convierte en minúsculas traiciones, que no se nombran como tales pero que se castigan con culpa, con reproches, porque violan leyes tan antiguas que no se pueden nombrar.

Pero si guardar es un acto de responsabilidad, una responsabilidad que no se puede romper sin pagar un precio por ella, tirar el un acto de honestidad con una misma. Tirar aquello que fuiste significa que aceptas que ya no eres eso, que ahora no te define, que durante un tiempo te sirvió pero que ya no vale. Tirar lo que guardas para tus hijos es aceptar por fin que los años pasan y que cada vez es menos probable que los hijos lleguen, que una vez los aceptaste como una realidad incuestionable pero que la realidad, la verdad honesta es que hoy en día no existen. También es aceptar que escribías mucho, y muy bien, y muchos diarios, pero que ahora no estás escribiendo y que tener esos diarios allí te tranquiliza porque sientes de alguna manera la tarea cumplida, puedes sentirte escritora, poeta, lectora ilustrada. Tomaste notas, hiciste poemas, tuviste grandes ideas para desarrollar más tarde. ¿Y qué? Pues que nada de eso es una realidad ahora, así que dejar ir es tener que empezar de cero.

Lo bueno de las cosas es que construyen tu identidad. Lo malo de las cosas es que esa identidad es una mentira, un deseo, un apego. Es una identidad que heredaste o que quisiste ser en algún momento, o que querrás ser en el futuro. Una identidad que te mantiene a salvo de tener que enfrentarte a quién eres, a cuáles son tus verdaderos valores. Siempre encontré el coleccionismo como algo patológico. Coleccionamos porque existe una carencia, un sentimiento de incompletitud que queremos llenar con cosas. El coleccionista siempre tiene (tenemos) algo de psicópata. Llenamos huecos, manipulamos el entorno, buscamos la pieza que falta. Nuestra colección se vuelve más importante que nuestras relaciones. Cada vez estoy más convencida de que nos rodean seres animados, con un nacimiento, un cenit, una degradación, una muerte. No importa si el objeto en cuestión sea sólido, de un material irrompible, el objeto llega un momento en que se muere a nuestro lado y no somos capaces –no somos valientes– de darle sepultura, de tirarlo, regalarlo, deshacernos de él. "Todavía sirve" nos decimos, "es una pena", y verdaderamente es una pena, es una pena horrible, decir adiós a algo que nos ha servido, que nos ha gustado tanto tiempo, los objetos son seres animados, y por lo tanto su despedida genera también un luto. Un luto que no se puede llevar con naturalidad, sino con hastío o con histrionismo. O bien despedimos con indiferencia o bien con aspavientos, nunca con un ritual solemne y sagrado.

Y luego, por supuesto, después llega el arrepentimiento. Una vez que te has armado de valor para tirar pasan los años y te das cuenta de que echas de menos tus cosas, de que quizá no deberías haberlas regalado, no deberías haberlas tirado a la basura. Odias a tus amigos por aceptar ese regalo que debió haber sido un préstamo, te odias por haber guardado en una caja ese libro que tanto te gustaba. Deshacerse es aceptar ese sentimiento, esa nostalgia. Deshacerse es aceptar el hueco, la soledad, la ausencia. Deshacerse, tirar, es convivir con esa ausencia y empezar a amar lo que sí está, lo que sí has conservado, las poquitas cosas que necesitas, que te gustan, y que un día también se irán, como nos vamos todos, dejando un hueco un tiempo para después permitir que la vida siga. Tirar es dejar fluir, es aceptar el fluir, es saber que lo que se fue no volverá, que lo será todavía no está siendo, es amar el instante, precioso y perecedero, como una hermosa flor de este mi –vuestro– jardín.











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