Ir al contenido principal

Amable

Me gusta pensar que soy amable. Por eso, cuando salgo de casa, coloco en mi cara la sonrisa sugerida de la Gioconda, que amplío en cuanto me es posible hacerlo, dejo pasar a todo el que tenga un solo producto y esté detrás en la cola del supermercado, ayudo a pagar a todo aquel que esté delante en la cola del supermercado y se haya quedado sin dinero, doy conversación ligera a las señoras del gimnasio, contesto abiertamente.
Me gusta pensar que soy amable. Sin embargo. Todo se tuerce pronto. Empiezo a preguntar qué tal ha ido, o por algún familiar, o por las notas, o por los viajes, y de repente, en cuanto empieza la respuesta me doy cuenta de que en el fondo (no tan en el fondo) me importa muy poco, así que corto, paso pronto a la siguiente pregunta o, lo que es peor, pregunto a otra persona. Dejo al primero con la palabra en la boca. Lo mismo que cuando hablo por teléfono y llega un momento en que ya no quiero oír nada más, me despido y cuelgo. Ahora suelo contar hasta 5 antes de colgar. Ya sabéis. Por ser amable.
Porque me gusta ser amable. Me gusta pensar que soy amable. Hasta que hay algo fuerte que decir y lo digo, o no entiendo por qué no me entienden y grito, o me parece una broma estupenda hasta que la hago y entonces la gente se ofende y realmente no entiendo muy bien por qué. Hasta que estoy hablando con alguien con quien en el fondo no quiero ser amable y entonces saco los cuchillos y hiero casi sin darme cuenta. Hasta que doy una contestación fuera de tono. Hasta que los niños me tienen miedo.
Amable. Sí. Entonces va K. o M. y me dicen lo de "Sibi, cómo dices esas cosas" o "Podías decirlo de otra manera o en otro momento", lo que sea menos exactamente cómo y cuándo lo dije. O me dicen que carezco de habilidades sociales. O va G. y me dice "Sibi, cómo tratas así a tu hermana. Si trataras así a otra persona se enfadaría contigo para siempre", así que con los que no son mi hermana intento contenerme, no ser, ya sabéis, "yo misma". O va T. y me dice "la broma que me hiciste no fue una broma bonita".
Amable. Menos si me interrumpen cuando estoy concentrada leyendo, escribiendo, trabajando, y me desgañito de frustración y entonces tengo que deshacerme en disculpas.
Recuerdo ver llorar a mi madre pocas veces. Pero la mayoría de las veces que la vi llorar fue por mis palabras. Esas palabras que salen a chorros, que no son amables, que hieren, que ofenden, que molestan, que joden.
Siento que no me explicaron bien las reglas. O que nunca llegué a entenderlas del todo. Siento que había reglas que demasiadas veces no estaban escritas, nadie hablaba de ellas, se asumía. "Es de sentido común". Casi ofendía tener que hacerlas obvias. Entendí las reglas de "por favor" y el "gracias" y entonces, de forma obsesiva, los repetía, una y otra vez, en los momentos que consideraba necesarios. Recuerdo que a mi madre no le gustaba que fuera tan "formal". Decía que no consistía en decir tanto "por favor" y "gracias" como en otra cosa que sí que no recuerdo. Igual si recordara la otra cosa, aquella que era la importante, entonces sería amable.
Hasta entonces tengo que unir este amor al mundo con la misantropía que me asola, tengo que mezclar la amabilidad con el veneno de alguna forma poco hiriente, tengo que hacer examen de conciencia y pedir "perdón" por mis palabras, no tanto porque me perdonen, sino por educarme a mí misma a través de la vergüenza de pedir perdón en la no pronunciación de tales frases. Pienso que si me siento lo suficientemente avergonzada, entonces un mecanismo en mí se despertará la próxima vez que quiera decir algo fuera de lugar, un tono amenazante, rudo, maleducado, ruin.
Mientras tanto sigo con mi amabilidad de pequeños gestos, con mis sonrisas francas, con mis ayudar a quien necesita mover un carro o llevar una maleta. Así ellos al menos no se enterarán de la verdad, de la triste verdad que me aterra: no soy. No soy amable.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Regreso

Sólo duele de verdad cuando regresas
Dejar cosas atrás no es complicado.
Lo difícil es volver a ver el mismo lado
Torcido por el tiempo lleno de arrugas gruesas
Pues mirar es mirarse en el espejo
Ya resistente a la idea, a Stendhal,
A la historia que quisiste contarte
Que te cuentas cada día desde lejos.
Nunca como esperabas, como un verso
Que muestra realidad ante tus ojos
Marcharse no es difícil, amigo mío
Llevamos una vida marchándonos de algo lo difícil, lo que desangra
Es volver para ver que aquello fue verdad
Que fuste la que fuiste,
Que el amor se mezcló con odio algunas veces
Que las tardes no habían sido cálidas,
Que traicionaste, que te traicionaron
Que nunca hubo perdón en la distancia.
Y luego, sin embargo,
Volver es volver a echar de menos.
No añoras hasta que tu piel recuerda
El olor familiar, el timbre de las voces, las paredes. Y vuelves a ser la que fuiste por
Un lapso muy breve, un instante fugaz
Un abrir y cerrar de ojos y mentiras.
La realidad ta…

India. Entrada.

Sales del avión. Coges el metro. El metro parece sacado del futuro, un metro que toda ciudad desearía tener: limpio, rápido, con información precisa de dónde te encuentras y cuánto te falta para llegar a tu destino (unas lucecitas azules se van encendiendo entre el nombre de una estación y otra a medida que avanzas). Incluso una luz roja te indica por qué puerta salir (derecha o izquierda). Ningún olor, ningún ruido perturba este universo organizado en luces de colores. Nada te hace sospechar lo que habita en la superficie, las riadas de gente, la ciudad palpitante.
Sales del metro. Te invade la oleada de personas, el perfume inciensado de pobreza. Atraviesas la calle negándote a todos los ofrecimientos, que pasan de la asertividad a la violencia. No, thank you, con tu ropa europea y tu piel extremadamente pálida y tu suficiencia. El hotel está cerca. Miras otra vez el plano: Sólo hay que coger esta calle, asegurarse del nombre en una placa, luego contar tres perpendiculares, torcer …

Expectativas

Una vino a esta tierra del sur con ciertas expectativas. Los principios son duros, no pasa nada, se dijo una. No pasa nada si al principio no tienes mucho amigos o si tienes que hacer algún que otro recado antes de empezar a hacer cosas más importantes en el trabajo, o si no viene a verte mucha gente al principio, o si no publicas ningún libro de momento o si, en definitiva, empiezas poco a poco.
Lo importante es ir aprendiendo, desarrollándote, adaptándote. Poco a poco tendrás tu grupo, tu puesto, incluso tu familia. Esas cosas requieren un poquito de paciencia.
Han pasado seis años desde entonces. No puedo decir que esos años hayan sido malos, al fin y al cabo he tenido buenos momentos y lo he pasado bien. Es dulce compartir tu vida con alguien a quien realmente amas, con alguien a quien te gusta ver todas las noches al dormir y todas las mañanas al despertarte. El problema han sido las expectativas. La expectativa te pone en una posición de esperar, de estar verdaderamente convenci…