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Punto intermedio

Creemos que existe. Creemos firmemente que existe. Confiamos en ello. No lo ponemos en duda.
Creemos que hay un estado intermedio entre hacer las cosas o no hacerlas.
Por eso escribimos listas. No para no olvidarlo, pues lo pendiente martillea la cabeza de tal manera que el verdadero desafío consiste en no acordarse, en vivir en paz sin una mente que soluciona una y otra vez lo que no está solucionado en la realidad, lo mismo que soñamos que nos levantamos y nos vestimos cuando lo cierto es que seguimos en la cama. No. Hacemos listas porque apuntar las cosas es un poco –pensamos– empezar a hacerlas. Es el primer paso que –creemos– nos hará que el resto de los pasos resulten más sencillos.
Por eso también apuntamos los libros que nos recomiendan. Son listas que se hacen a veces en una sola noche y pueden acompañarnos durante varios años. Mi lista se llamaba precisamente "mesita de noche", el lugar donde colocamos los libros, no sólo que tenemos a medias, sino que queremos empezar a leer, con un empeño tal que empiezan a formar parte del mobiliario y olvidamos la urgencia que nos acució en un momento y allí quedan, hasta que nos aburrimos y los volvemos a colocar en la estantería o nos avergonzamos y empezamos a leerlos. Mi "mesita de noche" duró unos veinte años, y al final me deshice de ella, no por haber terminado los libros, sino porque la persona que hizo la lista ya no era yo. A cada libro que leemos (bueno, quizá eso es decir mucho) cambiamos un poquito, así que el nuevo "yo" aparece con nuevas prioridades e intereses, mucho más urgentes que el ser fiel a la lista que le preparó un fantasma pasado. A veces tardamos en darnos cuenta de esta verdad incómoda, de este "yo" inasible que no podemos encuadrar en una identidad pétrea. Por eso hacemos listas, para leer un libro sin leerlo, para convencernos de la importancia que tiene ese libro para ser quienes queremos ser. A veces incluso llegamos a comparar ese libro. Ya sabéis, por lo mismo de los primeros pasos: el primer paso para leer un libro es tenerlo, así que ¿por qué no empezar por ahí? y nuestras estanterías se llenan de libros de páginas intactas, que amarillean pero no pierden nunca su filo, ajenas como están al contacto dactilar, a la grasa del bocadillo, al resto de tinta en los pulgares.
No existe ese reino intermedio. Es un hueco. Es nada.
Pero insistimos. Guardamos artículos para leer un "más tarde" que nunca llega. Archivamos películas en "quiero ver" y nos hacemos Pinterest –el lugar por excelencia de la no-acción– de lo más variopinto: recetas de cocina, decoración, Do It Yourself. Ya sabes. No digo nada nuevo.
Cuando queremos comprarnos algo, lo metemos en la "wishlist", la lista de deseos y ya es un poco como si lo compráramos. Así no lo olvido, pensamos. Cuando tenga dinero, pensamos. Para mi cumpleaños, o para reyes, pensamos. Pero ocurre lo mismo, otras necesidades o caprichos aparecen y tapan a los anteriores. Lo que nos parecía nuevo y apetecible ha envejecido sin envejecer, porque se ha quedado tanto tiempo en nuestras listas de deseo que ya no tiene el destello de lo nuevo, el placer de estrenar o el hedonismo de sentirse a la última.
A veces quisiera ser un fantasma y susurrarte al oído: No lo hagas. No lo apuntes. No lo guardes. Ese lugar no existe. Es la tierra de nadie. Es el campo de batalla inhabitable. Nada crecerá ahí. Olvídalo. Ya volverá a tu vida. O no. En realidad no importa.

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