15 noviembre 2016

Finales

Llega un momento –siempre– en el que tienes que dar por finalizado el día. Recoger tus cosas, irte a la cama, sumirte en el ritual diario de cremas y pijamas. Hay días en los que es sencillo. El final llega como una consecuencia natural de las acciones, como un silencio necesario después de todo lo dicho, después de lo escuchado. Y entonces, plácidamente, te tiendes en la cama. Probablemente juegas un poco con el móvil a unir puntitos, te acurrucas en el olor conocido de otro cuerpo y llega el sueño.
Pero también hay otros días a los que es difícil dar un final conciso. Días grumosos, que han transcurrido a trompicones, en los que se ha quedado todo un poco a medias, en los que no ha existido nada memorable, nada de lo que sentirse particularmente orgullosa, o días de agitación, sin un momento para detenerse a contemplar, a restaurar la calma. Dias que alargas con la esperanza de que –ya al final– reciban por arte de magia ese equilibrio del que carecieron o que ocurra algo de lo que tendría que haber ocurrido antes o que se diga por fin algo de lo que se lleva callando. Una catarsis. Un hecho significativo. Un futuro recuerdo.
Hoy he salido de la oficina con esa misma sensación. Ya no me quedaba nada por hacer allí, se habían terminado las clases y las conversaciones. Cada uno estaba enfrascado en sus ordenadores, papeles, grupos. Sin embargo sentía una necesidad de alargar mi estancia, como esperando que ocurriese algo, que se dijera alguna cosa. Como esas noches que te quedas hasta las tantas, porque no quieres asumir que el día ha terminado, que no da más de sí. Entonces me fui. Hay que aprender a irse. Aprender a acostarse. Aprender a rebelarse contra la materia uniforme de los días y no dejar que se atrofien en las manos o en la espalda, que te impidan despedirte, dar un final concreto. Dormir. Decir adiós.