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Finales

Llega un momento –siempre– en el que tienes que dar por finalizado el día. Recoger tus cosas, irte a la cama, sumirte en el ritual diario de cremas y pijamas. Hay días en los que es sencillo. El final llega como una consecuencia natural de las acciones, como un silencio necesario después de todo lo dicho, después de lo escuchado. Y entonces, plácidamente, te tiendes en la cama. Probablemente juegas un poco con el móvil a unir puntitos, te acurrucas en el olor conocido de otro cuerpo y llega el sueño.
Pero también hay otros días a los que es difícil dar un final conciso. Días grumosos, que han transcurrido a trompicones, en los que se ha quedado todo un poco a medias, en los que no ha existido nada memorable, nada de lo que sentirse particularmente orgullosa, o días de agitación, sin un momento para detenerse a contemplar, a restaurar la calma. Dias que alargas con la esperanza de que –ya al final– reciban por arte de magia ese equilibrio del que carecieron o que ocurra algo de lo que tendría que haber ocurrido antes o que se diga por fin algo de lo que se lleva callando. Una catarsis. Un hecho significativo. Un futuro recuerdo.
Hoy he salido de la oficina con esa misma sensación. Ya no me quedaba nada por hacer allí, se habían terminado las clases y las conversaciones. Cada uno estaba enfrascado en sus ordenadores, papeles, grupos. Sin embargo sentía una necesidad de alargar mi estancia, como esperando que ocurriese algo, que se dijera alguna cosa. Como esas noches que te quedas hasta las tantas, porque no quieres asumir que el día ha terminado, que no da más de sí. Entonces me fui. Hay que aprender a irse. Aprender a acostarse. Aprender a rebelarse contra la materia uniforme de los días y no dejar que se atrofien en las manos o en la espalda, que te impidan despedirte, dar un final concreto. Dormir. Decir adiós.

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Sales del avión. Coges el metro. El metro parece sacado del futuro, un metro que toda ciudad desearía tener: limpio, rápido, con información precisa de dónde te encuentras y cuánto te falta para llegar a tu destino (unas lucecitas azules se van encendiendo entre el nombre de una estación y otra a medida que avanzas). Incluso una luz roja te indica por qué puerta salir (derecha o izquierda). Ningún olor, ningún ruido perturba este universo organizado en luces de colores. Nada te hace sospechar lo que habita en la superficie, las riadas de gente, la ciudad palpitante.
Sales del metro. Te invade la oleada de personas, el perfume inciensado de pobreza. Atraviesas la calle negándote a todos los ofrecimientos, que pasan de la asertividad a la violencia. No, thank you, con tu ropa europea y tu piel extremadamente pálida y tu suficiencia. El hotel está cerca. Miras otra vez el plano: Sólo hay que coger esta calle, asegurarse del nombre en una placa, luego contar tres perpendiculares, torcer …

Expectativas

Una vino a esta tierra del sur con ciertas expectativas. Los principios son duros, no pasa nada, se dijo una. No pasa nada si al principio no tienes mucho amigos o si tienes que hacer algún que otro recado antes de empezar a hacer cosas más importantes en el trabajo, o si no viene a verte mucha gente al principio, o si no publicas ningún libro de momento o si, en definitiva, empiezas poco a poco.
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Han pasado seis años desde entonces. No puedo decir que esos años hayan sido malos, al fin y al cabo he tenido buenos momentos y lo he pasado bien. Es dulce compartir tu vida con alguien a quien realmente amas, con alguien a quien te gusta ver todas las noches al dormir y todas las mañanas al despertarte. El problema han sido las expectativas. La expectativa te pone en una posición de esperar, de estar verdaderamente convenci…

Si tenéis un secreto

Si tenéis un secreto
Venid aquí. Contádmelo.
Prometo escuchar atentamente
y luego
prometo decirlo a todo el mundo
a viva voz, gritando o escribiendo
que es lo mismo.
Lo contaré sobre todo a vuestros seres
más queridos
a los que da más miedo.
Se lo diré dentro de un coche,
cruzando carreteras comarcales
mientras suena la radio
y el aire acondicionado se cuela
por las rendijas.
O lo diré por carta, de tinta azul o negra,
de teclas o de pulso,
la enviaré sin pensarlo dos veces,
sin pararme a calibrar las consecuencias.

Ya vosotros pensasteis
en las consecuencias demasiado.
Guardasteis el secreto,
celosa, firmemente,
no fuera a ser que el mundo se acabara,
que se rompiera todo
o aún peor,
que no fuerais dignos
de amor, de compasión, de tantas cosas.

Os libro de la carga
os prometo
que el secreto estará a salvo conmigo,
a salvo de silencio, de escondite,
a salvo de quedarse anquilosado,
a salvo de que vuestras hijas no lo sepan.

No os preocupeis por nada,
quedáis libres por siempre
perdon…