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Modales

Quien me conozca un poco de sobra sabe que no tengo modales. No muy buenos, si se quiere matizar. Podemos decir que mis padres no daban demasiada importancia a los modales, que los veían como una capa de falsedad de la sociedad más falsa y podemos decir que yo asumí esa reticencia a los modales, aunque no sería del todo cierto. Lo cierto es que ellos no sabían demasiado bien cómo comportarse y que nos enseñaron lo mejor que pudieron y que yo también intenté encajar lo mejor posible en la sociedad que exigía limpiarse con la servilleta, no hacer demasiado ruido o ceder el asiento en el metro y que tampoco llegué a conseguirlo.
Hay reglas que aprendemos inconscientemente o no aprendemos. Si tenemos que separar una a una todas esas reglas nos es imposible asimilarlas, porque a cada paso que damos en libertad hay algo que hacemos mal o que al hacerlo molestamos a alguien.
Por eso una se levanta por la mañana, canturreando bajito como casi que una está cansada o nerviosa y su compañera de cuarto con buenos modales la hace callar, le dice que nunca podría vivir con ella, que hace demasiado ruido y el día, de alguna manera, se oscurece. No sé si me gusta un mundo en el que el canturreo molesta tanto. Pensar antes en el otro que en uno mismo supongo que será la norma básica para la convivencia, pero cuando tengo que dejar de canturrear es como si me arrancaran la lengua. Hay momentos en los que las canciones de Chicho son lo único que me mantiene cuerda. Yo intentaré caminar de puntillas y no hacer llamadas a las 11 de la noche, y decir "por favor" y "gracias", y dejar pasar, y no tocar casi ninguna parte de mi cuerpo en público, pero no. No me quitéis a Chicho.

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